Mientras el zumbido ensordecedor del motor hendía despiadadamente la noche, la insomne Luna llena, en contraste con del cielo, declinaba cansada y en silencio; aun así, celosa, sin desaliento batía sus alas diluyéndose lentamente en el horizonte.
Surgía serena del firmamento, cruzaba el velo de la niebla y, a través de mis ojos, seducía mi razón y se guarecía en mi pecho. A mi alrededor árboles ávidos de calor absorbían la opalina luz, dejando tras de sí, a sus pies, sombras fría y raídas. Como océano espectral la escarcha blanqueaba el suelo y endurecía las lágrimas de rocío que desafiaban a las estrellas del firmamento.
A la vez que, la novia Luna, se guarecía en mi pecho, una perla deslumbrante y mendiga surgía opuesta, al este. Mis ojos, insaciables, engullían tanto la aurora del cielo como la paleta de floridos colores del suelo. Que pequeño me soy ante este melódico abismo, hay tanta belleza dispersa que me ahogo sobrecogido y ridículo bajo los brazos del amanecer. Me siento atado, con los ojos marchitos e insaciables de sed… quiero que la espina de la zarza me hiera, que la aromática albahaca se me clave, que se me hielen los dedos… y que el corazón ahitado de tanto esplendor natural, se me exprima en prosa y verso sobre mi Amor.





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