Hoy el Sol, cargado de luz, no desploma nubarrones, sino cae con delicadeza hasta dar levemente contra el suelo, se cuela entre las ramas y por las ventanas y se amolda a la fronda de los árboles y a los decorados de las casas, como piel al cuerpo. Cromática y cálida onda que puja con otros estímulos, éstos, a veces, se traban como veneno y se inyectan a través de los ojos insensibilizando el alma. Mas hoy, ese haz de claridad estimula atribuladas corolas, excita sus estigmas y espolea sus anteras. Prende hasta la más mísera mota de polen que al trasluz fulgura semejante a estrellas y, como ungüento natural, seduce desde el cándido espíritu del paisajista hasta el inofensivo y dulce deseo de la abeja.
Hoy, ebrio de vida, me hablaban Xan y Joseph del libro de “Los instantes perfectos”, de Ana Alonso, y después de comer figurábamos una jeringuilla similar, capaz de profundizar hasta el córtex cerebral y sustraer las reminiscencias que aún siguen ahí amparadas. Que conmovedora tarde, jugábamos con la jeringa, sin manos, y extraíamos de la memoria una cadena de incontables eslabones que ahora, más que nunca, sé que no se pueden desleír, que son irrompibles e inolvidables de por vida.
Escuchaba atentamente los recuerdos de Xan que, tras describirlos minuciosamente, los dibujaba en mi sien y los disfrutaba con el mismo fervor que ella. Con desmedido cariño oía a mi Hijo, rememoraba una ocasión en la que se echaba sobre mis brazos mientras yo aguardaba sentado en el suelo del salón del piso de Badajoz, recordaba un cuento de un barquero que me inventé mientras cruzábamos los Pirineos; pero sobre todo me sedujo la cristalina florescencia primaveral que desaguó de los cangilones que anegan su entraña, coloreó perfectamente la charca de Santillanas, el reflejo añil de cielo, los caóticos destellos y el collar esmeralda que rodeaba toda la charca y sobrepasaba nuestras rodilla y ahí una flor roja que rozaba los pétalos de un lirio.
Las flores de la jara, el áspero abrazo de las encinas, la emocionante caricia a la crin de los caballos, las vedijas de la lana recién esquilada y el beso del queso fresco.
Todo hurtado con guante blanco de nuestras sienes, para tallar instantes perfectos dentro de un diamante. Disgregadas piedras que como astros titilan en estuche de tu pecho, prendidas sobre tu risueño corazón.

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