Mi Niña, mi Amor, que fuerza enmascara tu belleza que me atolondra y me sobrecoge. Tú, Ponto que ahoga mi pecho, como madre y trabajadora estibas la carga más pesada sin apenas pordiosear una pizca de amor; nada, absolutamente nada reclamas. Qué vasta capacidad debe tener tu pecho que ante las penas reflejas felicidad y frente a la dolencia robusta lozanía.
Te pediría, cuando desees llorar, que sueltes desembarazadamente lágrimas, mas tú, con desconocido coraje, cantas contenta y ríes nerviosa. Si acaso tus hijas se evaden, o parten aún más lejos, ni siquiera suplicas una llamada y tu faz, a lo largo de la noche, se acongoja turbada esperando; entonces, al sonar el teléfono, en tu rostro se aboga la mansedumbre y tus ojos lagriman tranquilidad.
Todos los días caminas hasta tu trabajo, quieres sembrar salud en sus inocuas almas, beneficiarles de un amor incondicional para que la vida, sencillamente, sea mejor.
Tú les enseñas a volar, pero ellos no batirán tus alas; tú les educas en el sueño, mas ellos no mecerán tus sueños; tú les entregas tu vida y, en cambio, ellos no caminarán por tu vida…, mas mi Amor, estate serena, que ellos día tras día, en esta fantasía, vuelan, sueñan y viven, se izan densos y todo gracias a las semillas que con paciencia les has sembrado.
¡Ay! y en mí, un nacimiento, un corazón hecho añicos que ya no poseo. Me acariciaste como si borrases la pizarra, me besaste con dulce ambrosía y me amaste con talle inmemorial y todo resurgió nuevo, quedó sanado sin dolencia alguna y curado y brioso el corazón roto.
Romántica, de todos los colores y de tamaño excepcional, mi Mujer, la que ata mi vida, que vuela, sueña y vive desaforada usando e-mail, teléfono e incluso quedando para demostrarme cuanto se preocupa por mí. Su enorme corazón es el eje que hace girar mi mundo y así, día tras día, me sorprendo de cuanto crece su Belleza, su Alba, su Florescencia… Cuánto me ama y cuan enamorado estoy de ella.

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