viernes, 29 de marzo de 2013

¡Qué bien lo hacen!


     ¡Qué bien lo hacen!, han interpretado tan sólo cuatro canciones, pero merece la pena hacer un hueco en la agenda para acercarse a escucharlos. La Virgen de los Estudiantes, Getsemaní, Rocío y la Madrugá, todas tienen algo particular que arresta rápidamente la atención del espectador. Bien por como comienzan, desvelando suave y ligero acorde que se alza como el canto de un pajarillo; o por como transcurren, deslizándose llanas como un suelo verde claro tildado de caprichosas e insignificantes fragosidades, matices de vidriosas florecillas; o bien por como abren el pecho al precipitarnos desde un matiz forte a otro pianísimo y zambullirnos con ímpetu en su apacible remanso, por ejemplo el de un flautín que, como una ballesta armada, espinosa y abrupta prende al espectador, lo cautiva y lo seduce con suavidad e hiende su piel y obra directamente en su corazón. 

     Todos los instrumentos vuelan entre las bóvedas de san Mateo, se alzan uno a uno o en conjunto como bandada de pájaros, dispersan las voces de sus picos y transmutan el prosaico hielo de la nave central en cálido verso de albo pentagrama. 

     Se funde la orquesta desatando todo su amor, tira sin celo sus notas y yo, como padre, las recojo y las anido en mi cuerpo. ¡Qué recelo!, temo el olvido de esta suerte que hoy me ofrendan, mas me esforzaré que no sea así, cuidaré vuestra melódica prenda, que ya nos abriga a mí y a mí Amada, y jamás la alejaré de nuestra entraña. 

    Alabo la grandeza de esta orquesta que cuando toca saca mi alma del orbe terrenal y la trasplanta en lugar de ensueño; selenita de la Luna. Ellos, nerviosos y atentos al director, desvencijan su sien para escurrir cada miaja aprendida, derriten todo los pulimentos que lucen en su pecho y, acomodando sus manos sobre los instrumentos y por sus enraizadas yemas, canalizan su sabia destreza, mágica y elaborada sustancia que como el éter, sin verse, lo envuelven todo. Así es, tanta alta la inclinación me suscita… que si no, más argumento que este, que porta la dorada tuba, tal como lo hace y tal como me ama, para decir que un pequeño rayo de luz iluminó mi suelo, mis montes y mis valles… 

     Ahora feliz, para ti mi Niña, digo que mi corazón se divide en dos partes, o quizás es sólo una ahitada de dos pasiones frescas, que ya no siento frío pues el fuego del amor me ampara y que dentro de mi pecho sin consumirse arde con coraje; y yo, de tanto querer, a diario seco mi seno con grata brasa que casi de locura me revienta y la hilvano sin arrugas en este papel que en tu pecho guardo.

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