Como un vellón del cielo que rasga el ocre bronce, una herida que se extiende más allá de la superficie pulida, que fabulosa penetra como hebra sedosa en el pedernal de mi pecho. Insomne avanzo entre la herrumbre de mi razón y descubro, atónito, que entre las sombras de los día, entre las cotidianas astillas surge, sin los andrajos del juicio, el mágico ballet de la vida.
Así, Vida mía, ante el esqueje que agrieta la rama o rotura la tierra, que despereza solitario y pica lentamente el aire, frente a esa pequeña puerta que se abre en la corteza, mendigo inocentes un sueños y fascinado asisto al parto de la tierna y esmeralda bráctea, o helado, ante su sencilla lágrima de ámbar, concibo tercas palabras.
Así, Amor mío, pendiente del ¡no simple! estallido de una corola que, con sumo cariño, engendra en sus entrañas el pistilo y los plateados estambres, me postro lacayo en pedestal, a los pies de su peciolo, esperando los maravillosos ademanes de esa cromática belleza que, sin presumir, posa infatigable y me hechiza con su cegador alumbramiento. Embrujado por la intensidad con la que reverberan sus pétalos bajo la luz del cielo, describo cómo la ingesta primaveral se alza apabullante en la dehesa; es, mi Niña, divino atracón floral. Ellas impregnan el aire de denso aroma y, sin alquilar estancia alguna, calan hasta llegar a los huesos, drogando a la abeja y cargando mi razón que ebria desnuda el mundo del subconsciente. Las ruego perdón pues para ti, Amor mío, las he recogido y así continuaré, sesgándolas sólo para ti.
Así, Amapola mía, envidio a la mujer que, al concebir luz, aúna sobre cándidos huesecillos la fantasía y la realidad. Mujer que de dolor yace derrotada y, aun así, feliz, a través de los labios abre paso su inocua yema, a desértica cabecilla que accede a la mar de la vida, que por primera vez respira y, sin saber aún que es una pesadilla, escucha. En sus inmaculados baldíos, donde aún sus neuronas son lechosas, se perfila lentamente, destello a destello y chasquido a chasquido, la vida.
Este arte, la vida, aunque lo describa perfectamente me quedo muy distante de emularla con cierta similitud. Mi Amor, dime cómo puedo caligrafiar la cristalina belleza que porta un simple grano de tierra, sus aristas, sus reflejos e incluso la mota que, aún más diminuta, existe y se adhiere tenaz a él. Dame, Amada mía, todo el calor posible para que así pueda entender cómo la vibración de tu corazón, cómo ese latido que es único para mí se esparce un ritmo que apenas es perceptible en el aire y es, en todos los sentidos, imagen impecable de romántica lírica.
Así, mi Niña, termino perplejo frente al milagro de tu alba mejilla, silencioso, en la ventana del ordenador, la beso o incluso la pienso tan real que cuando duermo la veo con absoluta nitidez e incluso percibo tu angelical voz. Cada instante nace en mí mi Vida, la yema Niña que crece tierna y con levedad roza mi rostro. Cada segundo se abre en mí mi Amapola, la flor de Amor, a la cual calo con rocío llovido, con verso escogido, con vaho mendigo, con ojos insomnes, desvelados de amor… sólo para mi Vida.
QUE VASTO ES MI DESEO DE AMAR, QUE ALTO ES… POR TI, MI VIDA, QUE GRANDE ES EL AMOR.







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