miércoles, 6 de marzo de 2013

Creo que he perdido algo



     Afirmo con absoluta seguridad que he perdido algo, lo percibo con cierta claridad; -mi Amor, algo se me escapa-. Estoy tan molido que los borbotones que emergen del pecho y entran en mi razón, como si se tratase de la bocana a mi Mar, se precipitan sin reparo por las dendritas y es que, a estas horas, este espacio, entre los axones, es infranqueable. La sinapsis semeja a la garganta del Tajo en Alcántara, pero sin puente, estoy tan machacado que se desploman los arcos sin sostener mis pensamientos y, sin remedio, se molturan los sentimientos en el abismo de mi pecho sin llegar a conformar palabra alguna.

     En esas burbujas que se alzan del pecho vislumbro ese apuesto pájaro de abrigo canela, de ala y cola larga azulada y careta negra carnavalesca. Esbelta y lozana ante el sol despuntante, absorbe mi tiempo, lo congela y lo medra más que diamantino, tal como te decía ayer. Lo trata sobre tu plumaje, coloreando cuan hermosa es, pinceladas añiles del cielo que agitan su celeste plumaje… cuanta belleza, mi Vida, en el hialino espejismo que me infundes; algo se me escapa y, tan sólo, humilde, se decir: ¡cuánto te amo!. 



     Entreveo en esa capilaridad positiva que cala en mi juicio, un cuerpo de luz propia, majestuoso, coronado con anillo que, más que soberano terrenal, es en mi universal e infinito. Mi minúscula e intensa Venus que, como nova, irisa areola en mi entorno. Una silueta de incombustibles labios, un soplo fabuloso de beso que deshace mi raciocinio como aurora nebular. Anhelo relativo: encoges el tiempo del día copando la noche y usurpando el sueño y dilatas la percepción de mi entorno, solazándome a tu lado, estás tú aquí, junto a mí, dialogando de la lluvia cristalina, de la blanca infancia, del espejo que prende en los ojos… cuanta belleza, mi Vida, en tu hermoso y sencillo cuerpo que se abre cósmico, sin principio ni fin, acogiendo a mi corazón; algo se me escapa y, tan sólo, humilde, se decir: ¡cuánto te amo!. 


     Descubro en esa efervescencia dos luceros de iris naranja y pupila azabache, periscopios de un submarino, que no otean el horizonte, más bien lo escudriña, lo absorbe y me lo regurgita mágico, como si fuesen erupciones de las entrañas de una Diosa. Se escurre de los pinceles que tildan su cabeza las acuarelas negra y castañas y, como lenguas de tea, cubren la denodada pira de cuerpo. Que lo sepan las flores, los ríos, que desde el altar de la cíclope encina o desde su prominente vuelo, desborda mis venas, escalda mi sangre y arponea mi corazón… cuanta belleza bajo las audaces alas de mi Vida, su sólida y diáfana voluntad, que abraza con viento y lluvia el frondoso y ferviente bosque de sus niños; algo se me escapa y, tan sólo, humilde, se decir: ¡Cuánto te Amo!.



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