domingo, 17 de marzo de 2013

Tragarme el mundo

     Sí, hemos salido al campo y creo que coincidió cuando viste diluviar. No hemos llegado a esa gran fonda del molino y, por tanto, no nos hemos podido deleitar en nuestra gran mesa de piedra con los manjares del entorno.
     Aun así ha merecido la pena, este bodegón que nos brinda el entorno siempre consigue relajar mi imaginación. Tú lo sabes bien, la charca que según se va queda a la izquierda, sus nenúfares y su árbol deshojado, o el oscuro altozano que se erige en el horizonte, o las numerosas golosinas que caprichosamente salpican la pradera o el inmenso y severo vellón que se desploma del cielo; hoy no tremolaba como llama sobre las copas de las encinas. 
     El entorno que nos brinda el mundo, nuestra grandiosa despensa de hierbas, árboles y animales, de montañas, ríos y mares. Macerado a fuego lento bien otoñal o primaveral, majada con tempestuoso invierno o churrascada con la brasa estival. 
     Mi amor, contigo “quiero tragarme el mundo”, recrearme con sus finas exquisiteces. Igual que en un buen restaurante, cuando se paga un precio justo no deseo hartarme, sino todo lo contrario quiero hallar reposo y disfrutar del arte culinario. Así que mi Niña, si el precio de esta enorme casa de comidas es nuestra vida misma, quiero a tu estar a lado y disfrutar de sus exquisiteces, de sempiterna alegría, conocer todas las recetas que con cariño vosotros me servís y con amor esforzarme en preparar para vosotros lo mejor. No quiero nada de penas y ni una miaja de severidades. El precio, Amor mío, es lo más importante que nos acontece: nuestra Vida.

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