jueves, 28 de marzo de 2013

Ayer también salió el paso


     Ayer también salió el paso. Las nubes no fueron tan crueles, incluso alguno, saturado de tanta agua, se quedó hipnotizado cuanto advirtió la sensacional Luna que ocultaba el cielo; mucho, atónitos, tuvieron que exclamar su asombro cuando la luz perfiló esos enormes bordes blancos en las caóticas nubes. Ese túnel de luz exhortó unánimemente a la muchedumbre que clamó una tregua en el agua. 

     Yo llegué tarde, tenía clase hasta las diez y además, al ser víspera de fiesta, las calles estaban llenas y tuve que dar varias vueltas para aparcar el coche. Iba nervioso pues José estrenaba el atril y dudaba si lo había puesto bien o si le daría algún problema. 

     Les localicé pronto, ya estaban al lado de la iglesia de san Juan Bautista, finalizando la procesión, pero tuve tiempo, más que suficiente, de despejar totalmente la geografía de mi mente y disfrutar de algunas canciones de la orquesta (lo hacen muy, muy bien), del océano de tenues luces meciéndose al compás de los tambores y de la talla de la virgen balanceándose sobre las olas de esa mar de nazarenos, saltando en las crestas de sus hombros. Incluso escuché una saeta, no muy bien salmodiada, pero viene bien para que José descanse y además, también se agradecen las saetas deslucidas, pues así, al parar, se habla de temas ajenos a la religión, se bromea y no se eterniza tanto este tren tan místico y devoto. 


     José había resuelto perfectamente el tema del atril con la percusión, como pesa mucho el bombo, van dos personas mientras uno toca el otro descansa; ahí tenía su atril. Le di atentamente las gracias y, como con el traje iba a acorde con los demás, le consentí que continuase hasta terminar con su oportuna tarea de atril. 

     Es curioso este fervor por María santísima de la esperanza (¿a qué?), por santísimo Cristo de la “buena” muerte… cómo es posible que todo el país se vuelque fanáticamente en elogiar la muerte… que aojo tan absurdo. En vez de disfrutar de lo real o de esta dimensión tan maravillosa que somos incapaz en vida de abarcar, y que obviamos con facilidad por cosas tan triviales como un móvil… en vez de ello, nos volcamos en la maldita muerte, en la vasto, negro y eterno trance. Maldito tren de vida, por qué no paras, apeas a la gente y abres de par en par las puertas de los cinco sentidos. No seamos desiertos de inteligencia, no vallemos nuestros ojos, éstos no deben tener fondo y deben comprometerse en vida, que es lo único que en verdad poseemos, a recolectar con dicha la luz del Sol y el paisaje nocturno. Que nimio es el ser humano, que le basta con un instante de auténtico dolor para que fatigado se suba al tren de la vida, se ocluya en el desierto y se aísle de la selva mágica que ahíta nuestros ojos. 

     Con lo bonito que es ordenar las palabras que se hallan perdidas en la niebla de nuestro destino y que si no las sembramos ahora, nunca, mi Niña, lo podremos hacer. Palabras para servir nuestro corazón en bandeja, vocablos taumatúrgicos que como llaves abren el edénico mundo que con celo cobija mi Mujer en su pecho. Dedicar la vida, así es, la mismísima vida, a disfrutar de tu corazón, a adornarlo con desmedido mimo, a templar los nervios y barrer los infernales enojos que habitan en el alma, airear tu ser para qe no se vicie de enrarecida rutina, que ni una vena y ni una neurona quede neblinosa por incomprensible clausura; debes de ser, mi Amor, golondrina libre. Tengo que explorar la suerte que se me ha brindado, ser un viajero amable por cada rincón de tu cuerpo, perderme de pies a cabeza y ganarme poco a poco el centro de tu Vida. No de escaparate si no con elocuente arte, hundiendo, hasta la escena final, las yemas de mis dedos que rezuman sentimientos ordenados, versos de un corazón embotellado, y siempre para mi sempiterna Mar.

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