viernes, 22 de marzo de 2013

A ver si puedo arrebujarte


     A ver si puedo arrebujarte con el texto, pensar palabras de primera necesidad que te arropen como si fuesen mantas de franela e incluso ser con la prosa algo alquimista, y así transmutar la estopa que te apoca la garganta en cálida y suave saliva. Un albañil del verso, un mecánico de la estrofa o un denodado escultor que talla y lustra tus lindas ventanitas y remata tu descascarillada y fina galería. 

     Cómo puedo recolectar la esencia del árbol del eucalipto, de la hoja de la menta, del zumo del limón, de la rama de canela, de la flor de la manzanilla y de la acaramelada miel y, sin malgastar pizca alguna ni perder tiempo, apilarlo como sándwich entre las ingentes sensaciones que repueblan mi corazón, emociones que surgen del inconcebible pecho de mi Niña y que son tan dulces que diría que no son Terrenales. Mezclarlo con extremosos mimo, cada extracto casado como pieza de puzle con su semilla de amor, y macerarlo con celo en el latiente horno de mi corazón. 

     Una vez majada esta pócima medicinal, erigir con el teclado un palacio medicinal, procesar un castillo descomunal que no se quede en el aire si no, a través de la luna de la pantalla, lo inocule en la alhaja de tu cuerpo. O aún mejor, haciendo el amor absorber tu malestar y extasiarte de placer, irrigar con este curativo abono tu piel, tus manos, tu boca… para que mi Niña, mi sibila mujer, siga así de feliz y fértil, alimentando la raíz que me mantiene con vida.

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