Esta mañana, bien temprano, deshice mi corazón trashumante y, ligero y hambriento como un merino, marché hacia la rivera del Salor. Francamente, lo necesitaba para recuperar mi agostado ánimo.
Cogí las cañas, me colgué las cámaras y despierto, y a la vez soñador, me monté en la bici con la intención de sorber la paz de la dehesa. Más que salir de casa la suave frescura de la aurora inoculó sorprendente vigor paliando todo el enervo que se hacinaba en mi espalada.
Apenas hay que pedalear pues casi todo es cuesta bajo. Tan sólo se ha de apoyar las manos para encaminar el manillar. Miré al cielo y ni una nube deslucía su intenso azul de ultramar, ni siquiera un fino cirro que despeinara la troposfera. En la lejanía se perfilaba magníficamente la sierra San Pedro, predominaba el verdinegro de las encinas y color cetrino de la hierba; el espacio era limpio y cristalino, ni un ápice de calina ni una mota del polvo.
Diríase que había un pacto personal entre Eolo y el entorno, pues su brisa era tan hilarante y contagiosa que un sinfín de alhajas glaucas, de cianea y azafranadas se alzaban titubeantes a danzar entre las flores. Además, una estridencia no chirriante, sino erótica y armoniosa, surgía de las copas de los árboles; eran los ruiseñores y las calandrias que ofrecen su amor a los enamorados que vagan por sus sendas. Así, describiendo la exuberancia del campo, podría seguir hasta azucarar tu saliva y tus lágrimas, mas sólo describo una cosa más, la bodega mágica que expele la pradera en primavera; cada canija lengua y cada diminuto sexo seduce con su perfume a la mujer y con su miel a la abeja….
En este umbral de suave brisa, de alhajadas mariposas, de arios trinos y de endiosados perfumes, frente al espejismo de este río desmantelé mi agotamiento, tomé abundante aliento y con sed de agua marina, como un cascabelillo de amor, me encerré en la vidriosa botella que flota a la deriva en la Mar de su gran corazón.
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