Me reservo los daños que me infrinjo y, si acaso, pido piedad al lecho y al sillón, pues ellos son los que sin pizca de desdén sorben mi derrengo. Que injusto soy con ellos, pues después de mejorar con su hospitalidad, ni siquiera les atuso la guata.
Así es, abuso del asiento hasta tal punto que, arengando con cariño a mi Niño, les empapo en sudor, o en lágrimas, y sin darles tiempo a orear sus paños, regreso terco a escribir o, tan sólo, a vivir sobre su cada vez más mugriento tapiz.
Diríase que fiel soy al diván ya que, para versar con querencia o, mejor dicho, para chasquear cariñosa poesía sobre las pequeñas teclas, me atrofio humilde y abandonado en el amplio cojín de mi tresillo.
Habrá faltas ortográficas y enredos gramaticales entre tantas galimatías significativas. Pero además habrá verde y fresca yedra, hebras endebles de perejil, de hierba buena y albahaca y, quién sabe, si habrá sed de barco sin Mar o infatigable custodia del olvido en pecho que, aunque no sea nido de niño, se asemeja cuando se escudriña con la vista. Todo este sino del destino, toda esta ferviente fuente de deseos lo haré aquí, aprehendido en su mullida almohadilla.
Cuan amplio este lugar que a merced me brindas, tan extenso y mudable como kilométrico Nilo, sin horizontes visibles; como una gran ciudad atestada de libros; como una vasta dehesa inundada de luces violetas, de lirios morados o de labios encarnados de Amapolas…; de arias de croares y de trinos de ruiseñores…. Así de libre me siento en la hermosa prisión que se abre ante mi sillón….

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