Supongo que ya es hora de dormir, hora de que mi errabunda razón deje de mediar entre la ruidosa materialidad y giróvaga, por el éter de fantasía, se reconcilie con la quietud del sueño.
He de desbaratar el devorador azote de la preocupación y mitigar el nerviosismo que durante el día haciné tras la piel y así, desnudo y sin arraigo alguno, me alzaré señero por inefable paraíso para sobrevolar el plateado herbaje de su tez.
Ahí, mi párvula e inextinguible memoria se diseminará en tiernas palabras, a veces se calcará otoñal y otras se reproducirá desaliñada en su alba y aromática fronda. Desprotegeré siempre mi corazón para idolatrar con cortos relatos la alma embotellada que me comprometí a amar y que ahora contrita, entre llantos de hilaridad y entre desconsuelos de remordimiento, se desvive feliz por conservar la luz en su hogar.

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