Aún no duerme, todavía ronda la sala e increíblemente sin caminar se ausenta de ella. Mi Niño, retozón en el sillón, sueña y revolotea entre la viveza de los astros y, sin marchitar los paisajes, mordisquea la alucinación.
Ya cierra los ojillos. Su corazón, sin advertirlo, rehúye del verismo hacia el olvido. Cede su pequeña reciedumbre y se aísla en la entelequia del espejismo, donde hacendoso desfigura todo azaroso lamento y toda vana aflicción para transmutarlo en valiosa alegría.
Sé que en su suave y tibio nido se siente feliz, que ahí, alto y fuerte en sí mismo, se siente rico mendigando sinnúmero de detalles. Mi Querubín alípedes, yace entre fantasía engarzando las reminiscencias del gozo y el llanto, de la ventura y la travesura y de la vida en sí y del fin.
Amor, hazme un huequecito entre tus brazos para que escuche esa voz de labios que duermen, ese resuello del sueño. Vida mía, deja que mis ojos cegados en la noche siembren besos por el brocal de tu inquieta carne…, garatusas que maduren en ese cofre que proteges, arrumacos que desemboquen en intensas risas….

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