jueves, 26 de junio de 2014

Sutil beso


     No es porque tuviese que celebrar algo sino es para que José, cuando saliese a la noche del ensayo, no anduviese a solas por las calles. Así que sin más remedio, y a pesar del reparo que me da, tuve que mendigar de nuevo un favor.

     Como sabes todas las tardes las tengo ocupadas, unas veces estoy en D. Benito y otras en Badajoz. Él también tiene su agenda bien apiñada de quehaceres, está ensayando una pila de partituras para el concierto del próximo domingo.

     Decidí llamar a Paco y enseguida, casi sin abrir la boca, se brindó a ayudarme; mas otro contratiempo surgió y es que ellos no están libres hasta las tres. Así que para no ser una carga me ofrecí a hacer la comida para los tres: Ana, José y yo; y más tarde comerían sus padres.

     Claro está, como iba a servir una mesa deslucida a una dama. Así que sin más preámbulo me puse a idear algo adecuado a su clase. Con trasparente calidad marche al supermercado a recoger ciruelas, manzanas melocotones, y kiwis, y también de jamón cocido, todo para el primer plato y para el segundo almejas, limón, huevos, plátanos y levadura panadera, no la levadura química sino el auténtico fermento de hongos microscópicos.

     Esta mañana, más que entreabrir los ojos, abrí las bolsas, saqué las cosas y me puse a cocer y freír y a mondar fruta. La mano diestra de mi excelente Gourmet, a través de mis dedos, asió la cuchara y frente a una primera fuente, se puso a aderezar un primero de arroz blanco y de fruta, serena y agridulce ensalada salpiconada ligeramente con pimentón dulce.

     De segundo unos medallones muy dorados de merluza. Hice una masa fina con huevo, caldo de almejas, azafrán y harina y espolvoree la mágica levadura. Aguardé a que la deliciosa crema se comenzara a entreabrir en fermentos y en ese misterioso momento adobé los medallones y los freí en abundante aceite. Además emperejilé el plato con unos plátanos fritos y unas hojuelas verdes que causaron regocijo al semejarse a gordos gusanos comiendo verdes tréboles de suerte.

     Uno delirio para la boca, unos gérmenes de sal y de azúcar que mutaron en el paladar fecundando un sentir difícil de comprender. Exquisiteces que vibraron como música irritando ríos de saliva por las glándulas de nuestros encarnados cielos. No sé si introduje alimento o fue mero tragaluz en cada humilde bocado, lo que sí adiviné es que mi oblicua lengua relamió los labios hasta pulir la piel por donde aflora este loco lenguaje.

      Un armónico gesto en fuente de porcelana que se transmutó en ánima agridulce, en revuelo aromático… en contraste frío y doméstico, en el sutil beso de sabor que dedico a quien lo deguste.

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