La tarde se emplazó plomiza y lluviosa y apenas al entrar la noche, y aunque el cielo se enmendara opaco e impenetrable, se alzó entre las encinas un aroma ligero que invadió cada guarida del prado.
El perfume de la intemperie, el fresco hálito de la empapada hoja de eucalipto, el untuoso y acaramelado soplo de la jara en flor y el pasto seco y aguado, ese forraje pobre y húmedo que exhala un último estertor de suave almíbar al fenecer quebrado en el suelo o en el estómago de un carnero….
Su espíritu incorpóreo e invisible me sedujo en la carretea, en el coche y con la ventanilla abierta. Adonde nadie me puede examinar y en donde tan sólo me resta escribir y reescribir poesía en cada madriguera de mi mente. Asiendo firme el volante sentí unos estambres de azafrán y el violento viento de su aliento,… dentelleaba verde cada beso esmeralda que depositó en mis labios.

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