sábado, 31 de mayo de 2014

Las once y media de la noche


     Las once y media de la noche y ya el inhumano cansancio combate violentamente contra mí mismo. La oscuridad hiende mi mente, mas la ensombrece vagamente pues tras mis rendidos ojos revolotea radiante Ninfa que juguetea entre idas alevillas; cabriolea risueña al son de los densos chasquidos de mis grillos.

     Durante la somnolencia trasteo por su cegadora clarea. Sumido en esa vía de suave romero mi alma se desnuda y se alza ligera y ufana, como una estrella diamantina, hasta coronar su cielo, adonde alba está Ella, mi llena Luna.

     Es cálido templo de firmamento, de vientos alisios, de versos incendiarios imposibles de extinguir. Arríate como relente hasta rozar mis labios, cae poco a poco como tibio volcán de sangre hasta desbordar mi pecho….

     Faltan unas horas para que despunte el día y la noche no alcanza a ser oscura. Aun así se mantiene fino e inagotable el manantial de su colosal corazón, un torrente cristalino que da verdor a la vega de mi vida. Dígase que es implacable tanta lírica, que en mí cuaja en lámpara de esplendorosas flores, que horada entrevetada en espigas plateadas y que hiere en golosas e incontables cerezas rubíes....

     Regreso al sentido y no discrimino por una pizca de sueño pues ahora he de salir corriendo a su lado, a que a su paso toque mis ojos o a que se arrime y me dé un inolvidable beso cuando vaya a su quehacer o cuando regrese a su entrañable hogar.

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