Ya he vuelto de echar las cañas por el río Salor y nada, no hemos cobrado ni un pequeño pez. No es que seamos muy hábiles en el deporte de la pesca, se nos engancha el anzuelo, perdemos el cebo y rompemos el acerado sedal con las ramas de los árboles. Mas no malgasté mi tiempo pues, aun no cogiese nada, con fauces sin dientes sacié este pecho; que es sólo tuyo.
En este caso, y como siempre, el señuelo que me tentó era el verso que expira cada flor y que en el viento flota, ese tono que rima en cada espiga y en cada brote; palabras inmejorables que afloran de la mismísima nada. O bien, el acicate de plateados pececillos en el agua, o del trino de los pajarillos, o simplemente el reclamo de esas mariposas vibran con la brisa.
Aquí no perdí el cebo ni el sedal se cortó. Ahora, como una sencilla lagartija me ensimismé con el Sol y, sobre el suelo, me empapé de calor. Me ahogué entre la yerba seca con poemas sin páginas, escritos desde el principio, desde el fin de la nada o el inicio del tiempo, con esos bosquejos que se transcriben al azahar para prendar a las abejas, cautivar a las avecillas o, sobre todo, enamorar a la Amapola de mi vida.
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