Si tuviese esa desapercibida casita de la Sierrilla, ese pequeño, acogedor hogar que soñamos aquel día que se nos cayeron las gafas. Sembraría en su patio un constelado manantial de dorados frutos y cada mañana, con modales etéreos, echaría mis manos a volar para que recogiesen los más maduros astros de tan cuidado cíclope.
Así, antes de que despabilases mi Alba, habría desbordado cántara con rayo de Sol cuajado. Además exploraría y me perdería por su frondosa copa, pues no me conformaría con extraer zumo sorbido del suelo, sino cada amanecer husmearía más adentro, para acertar con el mismísimo hontanar donde los rayitos de Sol se sintetizan en dulce zumo y, con ese universo de fragancias, regresaría al borde de tu cama, a aguardar a la Aurora que es mi vida, a que atisbe tras sus párpados….
Unas luminosas gotas para dulces labios, esencia de trémulas hojas que, en su quietud, traslucen divinidad celeste y sorben perfume dormido bajo la entrañas de la tierra. Quizás, en cada semilla, haya trino de alitas amarillas y en cada gota de acidulado jugo se advierta turbio batir de añil mariposa.
Luciérnaga áurica, de limonero, para el único corazón que añoro…, una corriente de amor que provee de frutal acidez a mi cariñosa Amada.

No hay comentarios:
Publicar un comentario