Ya he salido de la cocina, he retirado el último plato, he secado el fregadero y he escurrido y tendido los paños. Ahora a repantigarme en el sofá y a acidular con mis dulces yemas de limón el cielo de tus sueños.
Voy a exhalar todo el polen que sea capaz, el que Ella merece, lo extraeré del verde trébol de cuatro hojas que sembró en mi pecho. Lentamente abriré sus diminutas florecillas blancas y, propalándolo con mi plateado teclado, perfumaré el aire que inunda tu pecho. Resuelto, soslayaré todo firmamento contaminado y todo pavimento descuidado y, con apetito mortal descerrajaré otra vez su suturado esternón. Lo haré como rayo de luz que atraviesa cristal pulido, descolgándome risueño, bailando como cuando se baja por escalera de caracol, hasta penetra en el mismísimo vórtice de su gran corazón, bajo su dorada piel.
Delicioso y extravagante es este delirio de flor, pues se abreva directamente de la serena intimidad de una gran Mujer. Presiento, en cualquier lugar y cualquier hora, el chasquido de los grillos, el trino de los ruiseñores y el aroma a romero que colma el jardín de su hermoso cuerpo….

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