Cuanto tiempo juntos, caminando asidos por la poesía. Al principio se me enredaba la desobediente lengua e incluso los torpes dedos, dando de cuando en cuando algún traspié que me llevaba de bruces sobre tabique oscuro. En otras ocasiones sepultaba los ojos en espejos de luminoso añil, o en charcas de risueña esmeralda o, en insomnes momentos, los ocultaba en balsas despejadas, tildada con festivas estrellas.
Meses más tarde, te ceñí a mi entraña con un sinfín de idílicos pasajes. Derramando cariño sin consumirme, hasta que un día me enredaste entre brazos de amante y penetraste en mis venas. Transformaste mi cuerpo en una cratera inagotable de saliva y de aloque y así, con cada latido, canalicé hacia las yemas de mis dedos todo el respeto que prometí ofrecer.
Náyade vaporosa que mora en mí, que incluso despabilado amasa blanco y crujiente pan e hila florida forma de ser; un manantial de ensueño que me busca cada noche, que me rebusca al ir y venir, no entre la gente, sino en la mente, entre las cientos de rimas que sembré en su vida.

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