martes, 1 de abril de 2014

Arrecia el cansancio


     Concluida la jornada se acaba el día y ya, a media sombra cuando arrecia el cansancio, sólo me queda ultimar las tareas del hogar. Pondré adecuado miramiento en los quehaceres y, con un último esfuerzo, me inflamaré encarnado para servir la cena. Es una lámina más que me extraigo del tórax, una cariñosa atención para que tanto tus ojillos como los suyos, poco a poco, se entreabran, para que la arista de los sueños deje de medrar y de crear espejismos en esos cosmos que hay tras vuestras ventanas.

     Así, anaranjado y fogoso, os bañaré con vuestra misma forma de ser, con el espejo metafísico que se expele desde mi pecho. Un esfuerzo zaguero para que os elevéis sobre los muebles y por encima de la cama, como alondras hacia una dehesa de fantasías.

     Un frágil prestidigitador que os echará frazada sedosa y cálida, de angora, que os besarán la frente y se despedirá alegre, azuzando su ánimo al saberse amado. Un hálito de vida que se abstrae con la quietud del amor o se desconcierta, como rama florida ante hostil viento, si su amada se desazona en el hogar o se consume entre un sinfín de querubines, o si su niño se atribula tenuemente con los resultados del idioma.

     Pertinaz en ese laberinto de venas, sembraré la linfa de mi amada con un sinfín de letras. Que nadie husmee en el porche de tu tórax, es mío Amor mío, yo aposento ese nido; seré tu gorrión vicioso que copulará con versos el corazón de mi destino.

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