El mañana se clarificaba paulatinamente, la rica y fría humedad del alba impregnaba nuestra piel y como fragante glicina inundaba mi entraña. Caminábamos yacentes por la cera, con la memoria ida, sin apenas huesos y ni siquiera forma; y ambos te llevábamos consigo, ignorando los alrededores.
Algunos fragmentos se infiltraban por mis párpados o, como si fuese tierra seca, los embebía por mis poros. Una fachada que no cambia, un escaparate que modestamente se renueva, la pasadera que continúa tan revuelta como siempre y un amigo que se obstina en no olvidarme y me obliga a parar….
Pensaba en alto, traspasándole lo más profundo de mí, y él, con sus verdes ventanas abiertas y sus manos tendidas, sorbía todo lo que sonaba; como si estuviese completamente vacío. Así me sentía, rebosante un como cubo que sacia la sed del que desea saber; y así por dentro, como un jardín yermo que recobra la exuberancia de huerto por poseer dos flores únicas.
La memoria es un baúl de heterogéneos hálitos que, con un simple gesto, se abre veloz exhalando inolvidables recuerdos. A veces, bien en casa, en la calle o allá en el campo, cuando uno se embosca en sí mismo, se desparraman incontables reminiscencias; así, sin más, al son de los latidos. Bien sean huellas turbias y dañinas que, aunque no las desee guardar, ahí permanecen aletargas, vislumbrándose de vez en cuando; o bien imágenes placenteras que codicio como tesoros y que, sin apenas rozarlas, reviven frescas, como si me hubiesen sucedido de ayer, cuajándose de nuevo vez en gratos momentos de amor.
Llegué a la agolpada plaza de España y, como cada año, a buscar un sitio para disfrutar del misterioso encuentro de la Carrerita. Esa alusión que seguro que nunca sucedió y que todo cristiano reviven como si fuese innegable, sacando sí un exaltación indescriptible.
Nosotros aguantábamos echados, como agua transparente y pesada, junto al tronco de un árbol. Un señor dudaba y abandonaba su privilegiado puesto y enseguida otra pareja se deslizaba en su lugar; los indóciles niños, como revoltosos animalillos, correteaban entre las piernas; y algún que otro ominoso ser, egocéntrico e impaciente, imprecaba y se enfrentaba a los demás a sabiendas de un absurdo e infundado derecho de poseer un puesto excepcional, aun llegando tarde.
Por encima de la multitud, emergía una diadema de ojos avizores y es que, aunque da lo mismo, todos querían ser los primeros en dar cuenta de la Virgen de la Aurora. De repente un clamor bajó como caudaloso río desde la capilla del convento hasta inundar la plaza, ¡guapa!, ¡guapa!..., el cielo se cubrió de una obesa nube de redondos y cromáticos globos y con una bandada de palomas revoloteó en círculos sobre los portales, dieron dos o tres vueltas y después, cansadas y asustadas por el bullicio, se fueron a posar a tejados más tranquilos.
Enseguida se disolvió la muchedumbre. A los jóvenes le pesaba el cansancio de la interminable noche y los mayores se retiraban a casa a ultimar las cestas de viandas, para pasar un día en el campo.
Nosotros dos, ya un tanto en silencio y tras desayunar en las Pasaderas, regresamos a casa y aquí, mi Vida, otras distracciones, tales como pulir las yemas de los dedos sobre el teclado o remover una y otra vez los sentimientos para recargar lejana flor con desmesurado de Amor.
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