Dorada Candela mía,… Pastora de risueños zagales. Tan divina que, como verde trigal, aluzas de forma sobrenatural todos mis pensamientos; sí, desde la más recóndita interioridad de mi mente hasta el más profundo pozo del pecho.
Arde así mi corazón, claramente y sólo para ti, lo mantienes flameante como trofeo tuyo de amor incombustible. Con teas tanto azuladas como amarillas. Lenguas de fuego sumamente bellas que deslíen cada gota de mi sangre y que desenfrenan mi respiración, con tanta exaltación que sólo exhalo sensibles suspiros de admiración.
Sé que a veces este apego se me va de las manos, en esos casos mi abrasado pecho, preso del albedrío que me llevó al delirio, tilda frases locas y sentires que se cuela sobre tus olas, como sirenas zahareñas que piruetean con un único propósito, zambullirse en tan gustoso regazo para endulzar la Mar con un torrente de besos. Sentir, sin remos, tu profundo seno, cobijarme en la esclava aventura de quererte y ampararme en el refugio de tan extraño Amor, en tu acuoso cuerpo…
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