domingo, 30 de marzo de 2014

No hay sollozo


     Sé que en mi prosa no se halla el sollozo de la soledad sino, más bien, se deletrea lo contrario, la hilaridad de poseer gran amor. En ningún un párrafo se advierte sombra y, ni mucho menos, en las láminas hay manchas de plañir. Tan sólo se recoge la lenta e intangible voz que reverbera en mi pecho, ese temblor inapreciable de un pétalo al asperger, en erial de papel, el rocío de su regocijo.

     Es esculpir Piedra con manos, desmigajarla con prolijidad, aun sea férrea. Es hendir delicado esternón para penetrar en el apolíneo jardín de su Amapola y, así, con detención, deleitarse de la sinfonía de sus escondidos latidos.

     Veréis como se goza, incluso desde fuera, de la ilusión que hay tras sus ventanas, de la armónica inflama de tan egregios ramos. Sí, notaréis que en su mirada no hay pizca de oscuridad, que hasta quema, pues al abrir sus párpados en ella se destella un bosque ardiendo, un océano de flores en el que sólo coge la luz. Una entraña abierta, de blanca nieve, que aposenta un corazón claro que ciega y donde revolotea, como colibrí, inmarchitable lirio.

     Miradla como hechiza, como os lleva, pero dejadme que sólo sea yo quien la ame. Que sólo sea yo quien arranque de mi vida sus versos, el suave aroma que ofrezco. Asentid que sea este añil serafín el único que ofrende su vida por ella….

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