martes, 25 de marzo de 2014

Daba la sensación de que el camino no se acababa


     Daba la sensación de que el camino no se acababa. Partí, aún sin despuntar la mañana, el viernes e iba, por un lado, trajinando el sinfín de quehaceres que debía terminar ese día y durante el fin de semana, y por el más vasto emplazamiento de mi mente, esbozaba con minuciosidad todo mi rededor para hermosear la inmejorable belleza primaveral y atiplar la aún más el armonioso canto de los pájaros.

     Una niebla vaporosa e inconstante cubría los alrededores, era tan etérea que apenas mermaba la luz del Sol. Así que ante mis ojos se revelaba un bullicio de fuegos florales, un tapiz natural y heterogéneo de pigmentos. Una creación paradisíaca, de mano divina, en la apacible paz del alba.

     Cómo adecuar mis palabras a tan magistral belleza. Ni mi mente, ni mis manos son capaces de concebir expresiones que emperejilen entre la fresca y esmeralda yerba.

     Tan sólo puedo desparramar un elemento similar, la incorpórea euforia de afecto que me brinda flor de Amapola. Sé que si abono la dehesa con esta rebelde pasión, con su dócil ternura, como si fuese humus connatural, las corolas de las flores se abrirían ciegas al haz del querer, los estigmas rezumarían raudales de miel y las anteras reventarían inundando el aire de efluvios jaspeados y alucinógenos. Sería arriesgado, o quizás pernicioso, esparcir hasta la curva del horizonte nuestro escondido gozo, esta inagotable corriente de palabras que nace tras el mismísimo collado de tus dulces senos y sumerge mi atención entre limpios latidos de amor.

     Ya en D. Benito, me centré en la reducida gruta de vocablos técnicos. Anduve paralelo a nuestro bosque encantado, abrevando de vez en cuando mi pecho con el elixir de los deseos. Por ello, por esta ambrosía de dicha, todo lo que decía placía; y así en el curso y así en casa… y así por ti, Vida mía, en todas partes.

     Ya al retirarme a dormir, fundí mis cautivos labios en sueños de placer. Recorrí una y otra vez un abismo, la cálida llanura de tu vientre, alrededor de tu ombligo, besos y más sensitivos besos que te estremecen con tiernos castigos. Un golosmeo de saliva, de amanzanados senos y de íntimo sexo… Perdido en el fuego de tu belleza viva, de tu ardorosa figura, Amor mío.

      El sábado, aún cubierto por el velo de la noche y ebrio de tantísima pasión, me desvelé enseguida. Soy alma andariega porque ama, se me advierte tal entrega por desparramo aloque tinto por mis yemas, porque desparramo la sed que oculto en mi carne. Es hambre por querer y no poseer, por ni siquiera poder sentir una fugitiva pavesa de sus labios…, mas seré perenne eco que prenda incombustible hoguera en su pecho….

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