¿Crees, Vida mía, qué si anido el fulgor de todo lo hermoso, la esencia de todo lo fragante y la armonía de todo canto, e incluso el gustillo de cada pieza de fresca y dulce fruta o el paladar de la jugosa molla suavemente aliñada, habrá en mi ánimo inmundicia coagulada y renegrida que deba desechar a la basura?. Supongo que, si no me distraigo y me perpetúo en captar, aun sin prisas, el súmmum incólume de todos los elementos que nos rodean, acicalaré de tal manera este baladí pecho que llegaré a ser el épico paladín de tu gran corazón.
Como un celoso ratoncillo de biblioteca que toquetea los lomos de todos los libros, que los hace suyo desmenuzándolos con ahínco. Que, encadenado a ese frondoso silencio de cientos de anaqueles repletos de libros, batalla en solitario por recoger con su hociquillo, o con sus patitas y sus dedillos, cada íntima letra rasgada del pecho de omnisciente narrador. No habrá desperdicio en mi sangre, ni siquiera una monda de vellosa piel saldrá rota.
Todo mi derredor lo trascribiré con su merecido temblor. Sí, una selva virgen extraeré de mis adentros, un volcán de palabras encadenadas, un arroyo cristalino y alegre que empape el barro de tu perfecta piel.
Del fondo de mi consciencia, como prestidigitador, improvisaré tus campos, tus estanques, tus añiles celajes y un vellón de plumas que atuso para un solo corazón. Me obsesionaré con quererte…. Sí, así, hasta la inanición te amaré, moderando las dudas y diluyendo la tristeza, y entregando
en cada latido
, desde aquí, al pie del teclado y sin llegarte a acosar, un sinfín de epístolas de amor.

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