Ven, enciende la luz y siéntate a mi lado. Sé que te urge que todo venga a la calma y que el opaco silencio que te envuelve se torne grácil y áurico como maíz. Comparte, mi Niña, ese pesar que hoy camuflas en el cuerpo, aleja la lluvia que te abruma y, aun te salpique la mejilla, deja que con ansia te la seque. Enhebraré tiernas palabras en los temblorosos ojales de tu mirada.
Ven, échate aquí, sobre mí, y deja que te arrope con mis brazos. Hoy seré sastre que con versos costure las titilantes lágrimas que exhiben tu mágico mundo al exterior. Frenético e hipnotizado hilvanaré ambos lagrimales para que no se pierda ni una gota de tu inédito amor. Es tan hermoso lo que posees por dentro que lo embeberé con néctar de miel y limón, y con nadie lo compartiré.
Desataré con las caricias de mis dedos y con un último beso el prístino y primaveral verdor que alberga tu espíritu.
Mi Amor, que no haya ocaso que te perturbe.

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