Vienen alborotadas, revueltas y rompen con esbelta risa. Vienen una tras otra, como eslabones de cadena, pero libres, sin necesidad de fusta que las guíe. Vienen por instinto a allanar la costa, a limpiar la arena y ni se inmutan ni desfallecen en su eterno tesón.
Saltan sobre sus propios cuerpos y piruetean al caer. Ansiosas, como salmones, desean exhibir su gallardía y sus lomos deslumbrantes y recios. A veces, picada por Aquilón, son laberinto de curvos cabellos, desgreñados y totalmente blancos; otras, peinadas por el diligente Noto del mediodía, se uniforman con mechas blancas sobre prendas plomosa y se perfuman densamente con aromas salobres; mas hoy, mi Amor, el Céfiro alcanza el cielo de azul lirio y sólo para ti, con extremosa sedosidad, con levedad imperceptible, lo desliza sobre la melena del piélago para ondularlo plateado y fresco, silbando vals para caracola, canto de olas, ruiseñor de mi Mar….
Ligeramente picado y si necesidad de pedir favores, se vuelcan sobre tus pies, fríos y blancos jazmines entre tus dulces dedillos. Perceptibles lenguas y labios alcanzados de la bóveda de azul lirio que, con matices de amor, quiebran tu piel de Piedra en sosiego. Aquí, con este bienestar de cinco más cinco clavelillos querría fenecer, haciendo livianas cosquillas que penetren por tus plumosas terminaciones nerviosas y desperezando en vuelo tu precioso cuerpo.
Túmbate mi Amor, para que la cristalina ola se repliegue por toda tu piel, que cale tu entraña y helada penetre entre tus piernas. Deja que este grifo de ternura, que este grifo salino que llora sediento de ti, estimule tu cuello, tus labios, que vivifique alba ilusión en tus ojos.
Sumerge tu mano velera hacia el oeste violeta, permitámonos este capricho de extremar las sensaciones con la puesta del Sol, de fundir nuestra carne con el cielo purpúreo en puro éxtasis de amor. Una dádiva de cuerpos desnudos que, cubierto de lágrimas de estrellas, se ofrenda cálida a la fuente riela de la Luna. Sabed que esta roja Amapola que se diluye pura y cálida en el agua no es para la cara azucena de la Luna, sino es mía, la quiero sólo para mí; y por ello, gota a gota a través de las yemas de mis dedos, me deshago en ensueños, imantando mi corazón para que férrea se una a mí y florezca intensa, siempre abierta y en expansión, hasta, muy fértil en razón, abarque lo que jamás nadie imaginó.


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