Como se mueven, mi Amor, giran, se desploman incorpóreos o se alzan ligeros, a modo de plumas, llegando incluso a volar... Además, con total naturalidad, perfilan sus sonrisas y, sin argumentar pizca de preocupación, tal profesionales que son, exhiben su pericia...
Lluvia de coreografías frescas. Manos enarboladas y laberínticas que musitan entre sí, brazos y dedos que tremolan como cintas en el aire; un armónico viento que seduce a los espectadores. Cantan sus cuerpos con poses expresivas, trazan un paisaje propio, tizas finas y húmedas que esbozan cielos ralos, suelos dispersos o fachadas acartonadas de transparentes ventanas.
En la cárcel, un lienzo nuevo, bellísimo, de luz que perfumada que descifra el alma en temblores. Cáfila de artistas que nos entrega el tiempo a borbotones que, a razón de escasa media hora, nos llena los ojos con enigmáticos espejismos, una llama de signos que zigzaguea honda en nuestra razón fundiendo los labios con admiración.
Se eriza la piel
con una hija tan guapísima,
que con sólo bailar
interpretando mudas sombras
es capaz de hablar a gritos,
de encender el pecho
sin usar fuego
de quien la contempla.
Oficiando al máximo mis yemas
soy incapaz de definir algo tan hermoso.

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