domingo, 23 de junio de 2013

Fin de semana



ANTES DEL CONCIERTO 

     Esta tarde, aprovechando la ocasión del concierto, pasearé altanero, almidonado y orgulloso por saberme amado y barruntarte siempre a mi lado. Iré ingrávido, flotando entre coherentes sueños y abriéndome sin límite en simpatía. Filtraré, con gafas de Sol, la fulgente luz, mas si alguien se arrima, rápido me las retiraré para ofrecerles la blanca sinceridad con la que mi Amada me pule a diario. 

     Iré igual que siempre, dilatando las fauces, para que el pretérito y asombrosos entorno de Cáceres eyacule en mis adentros. Quiero, de manera salvaje, parir para ti, Vida mía, todo el paisaje que a diario husmeo. 

     Derretiré el glacial de mi vasalla sien con las añejas calles de la ciudad y lo aunaré al inquieto Volcán de Piedra fundida que deshace mi pecho y conquista mi corazón; mi Lava incandescente de amor. 

     Que espléndidas tallas en los alfeizares, que blasones en los muros…, que corto pelo cae sobre sus finos hombros, que chispeo en sus castaños ventanales…; como arbolea la hiedra y las flores de jazmín sobre los vetustos muros, como se tapizan de esmeralda las grietas…, con que garbo camina, con que donaire sueltas sus palabras…. En los peldaños del arco de la estrella deshincharé el peso que alimaña mis tobillos, diría que aquí descubrí a un apuesto hidalgo galantear entre los soportales de la plaza, que avizoré a un trovador cantando coplas de amor…, juro que yo seré su particular juglar, que erizaré su pelo, deshilaré sus prendas y debilitaré sus dulces pies con maravillosos versos y cálidos besos. Poco a poco, con profundos poemas y con recios latidos volveré a desgarrar su sesgado pecho para sacar un Corazón que deslumbrará más que Sol, todo de puro fuego, suspendido en mí, único en mi cielo…. 

     Allá, en las frías y cristalinas aguas de los hondos aljibes, desearía flirtear con vehemencia cubriendo su albino lomo con franela, suspendiéndome como dócil ave sobre su cuerpo y diluyéndome en tierna cópula que se deshace en resuellos y se rehace en sueños. Un Poseidón entre sus piernas que siempre que te ama lo hace como si fuese la primera vez, descubriendo los lindos misterios que atesoras bajo sus prendas. 

     Más tarde, albino como los rayos de la Luna, me adheriría como piel a su esculpido talle, al fino cuello de mi Flor de mayo, albearía sus peciolos y lavaría con saliva sus rojos pétalos. Carantoñas más que lascivas, bajos los reflejos de los faroles de vapor sodio que embrujan la víspera de San Juan. Ocultos, en un rincón de esas sibilinas calles y a altas horas de la noche, con tímida coherencia juntaré mi cuerpo al suyo, me hipnotizarás con apasionadas miradas y, trenzado lentamente las lenguas en un solo cabo de irrompible amor, se diluirán ambos espíritus. Nuestra carne se ligará y durante horas, palpándote con las yemas, los labios y la lengua, amasaré el blanco vientre de pan y con expresa delicadeza explotaré irisente con la aurora de mi estrella Casiopea. 

EL CONCIERTO 

SUSPIROS DE ESPAÑA 

     El cielo, sin tormento, se desplomó en olas de instrumentos musicales. Estalló el bombo como trueno, más lejana atronó la tuba, poco a poco calaron los clarinetes y mi alma se empapó con la calma de las flautas. Suspiré en mi tierra por la voluntad de Dios, que fundió rayitos de Sol para crear una hermosa flor, alhaja rubí que atavía mi corazón. Miré al profundo firmamento y advertí que las gemas de rocío también latían alegres por tal suspiro, fundadas en la bóveda nocturna brillaban igual que latía yo, que desmayo, Amor mío, por mi Flor de mayo. 

     Aquí, disuelto en la plaza de San Jorge, me decías con paso doble “pronto iré” y yo, cantando por dentro un Suspiro me abandoné a los instrumentos y permití, Amapola mía, que te adueñaras de mí. 

NESSUM DORMA 

     Después Nessum Dorma, como tantas otras veces una vocecilla interna me gritaba que nunca duerma, ahora la banda, bien entrada la noche, lo aireaba al espacio infinito. He de hacer caso a este empeño del corazón, es de la única forma de mantener fundida mi lava Pétrea, de deshelar mi pensamiento y de evitar que me envanezca. Al amparo del pequeño huerto que está en San Jorge, en un rincón donde respiraba glorioso frescor, me senté un santiamén para sentir como mi Flor crecía dentro de mí. Tanto te quiero, mi Amor, que este misterio lo mantendré encerrado en mis adentro. Nuestro nombre nadie lo sabrá, sólo, temblando de amor, cuando mire las estrellas que rielan en tus ojos, romperé con besos el silencio y lo expresaré sobre tus labios…. 

     Noche tras noches me disiparé en el alba de su alma, para que, Estrella mía, sepas con claridad que no debes tener miedo. Trasmontad estrella mía, trasmontad el lóbrego firmamento, que yo sortearé, escribiendo versos sin reposo, los escoyos del camino para que dichosa aspires, por encima de las nubes, Amor materializado.

EL SITIO DE ZARAGOZA y 1812 

     Quizás ya no haya posada donde se cuenten estas hazañas y quizás sea mejor así, que el fuego de la ira humana repose por fin lejano. Ahora sólo queda el eco de sus efectos, el arte que inspiró esa triste hecatombe. 

     Los instrumentos se alzan con rigor y, después de tanto tiempo y sin los sentimientos que la infundieron, tal pieza musical se convierte en salamandra de nieve que zigzaguea por nuestras venas y los espectadores, atónitos, agudizan los sentidos, la mirada y el oído, como gatos monteses que buscan su pieza. Merece la pena prestar lágrimas de melancolía a tan entrañables melodías, llorar a la vida que se trascribe sobre partituras. 

     Diría que los crescendos de estas partituras, ahora interpretadas por la banda y por mi hijo, se merecen que la gente se ausente entre sus solemnes y dulces escalas. Que estas dos obras, que ya se han representado miles de veces y ahora suenan gracias al esfuerzo de gente sencilla, se admiren tales como son, alegría misma de la vida, sin nada de pena ni pizca de espanto, sino sólo con el sabor dulce de volverlas a escuchar. 

     La grada en suspenso se dejaba llevar en silencio por la belleza que tendían los instrumentos. Y yo, no menos perplejo pero bastante ausente en cuanto al corazón, me desvié blando hacia la fachada de la iglesia. Sólo me faltó sacar pecho y arrullar como palomo desde el tejado pues, con el nido en su entraña, incluso volé de nuevo hasta las riberas del Guadiana, a mi Villanueva, a buscar su compañía y derramar mis estrofas de amor en su hermoso pecho.

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