Era ella y la encontré, entre dóciles ninfeáceos que, con ingenuidad, emergían de la nada, bulbos desmelenados de manos tiernas y rosas. Su hermoso semblante, espejo que da envidia a las diosas, era blanquecino, de sabor ácido y olor fragante como el de un limón. Sus piernas se alzaban hasta el pecho de esos inquietos retoños y su esculpida cadera, elegante, una pizca turgente, altanera y más que bella, era levedad de hada materializada para esos futuros astros que ahora flotan sobre la nada.
Al verla en el porche de la tienda, al advertir esa exquisitez de piel brillante y clara, a simple vista, tan jugosa como una suculenta manzana, mi pecho vibró como la piel estirada de la caja de un tambor. Con pantalón vaquero y blusa de cuadros azules remangada hasta el codo; para mí es la mejor, el súmmum en hermosura, un adorno extraordinario engendrado en el mundo, lo sumo en beldad, un galardón Nobel que se me concede en vida…
Poco a poco y día tras día se me iba mostrando un signo secreto, una galante espina se me hendía en el pecho… ardí y en estado de plasma me desleí gentil por el aire…; atónito por el encanto de mi Dama.

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