Dime cómo ha sido tu primer día de verano. Cuéntamelo todo, Amor mío, pues sabes que yo vibro feliz, como un canario bañándose en los charcos, al oír tus emociones. Detállame con prolijidad cuan tupida de alegría estaba el aula o como fue la gala de querubines en el Eroski. Seguro que, al saltar a tus brazos y ceñir sus bracillos alrededor de tu cintura, se erige en ti un placer indecible, escalofríos adorables que peregrinan por todas las esquinas del cuerpo, escarpias de felicidad que tornan hirsuta tu piel y que pican tus ojos lanzando bengalas de entrega o que, por sendas mejillas, caen como fuentes cristalinas.
Comienza, Sibila mía, la fiera estival. El Sol, inmenso en llamas, inflama el cielo y prende rescoldos sobre el suelo y yo, fogoso, tórrido y con el alma en ascuas, no por él sino por mi hechicera Mujer, reposo entre verdes valladares, respirando tu vaho a pleno pulmón y aguardo, con la boca férvida, aunar mis candentes labios con tus cegadores pétalos.
Se avecina la noche del aquelarre y rememoro aquel embrujo que, por teléfono, me lanzaste frente a un escaparate. Parece que fue ayer, hermosa Casiopea, cuando el horno de sesgado pecho abochornó mi sereno corazón y ya, henchido de tanto latir, que sólo humeo para ti, Vida mía. Qué manera tan salvaje de suspirar, ¿me escuchas, Cariño? con que intensidad crepitan mis palabras, es por ti, sólo por ti.

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