martes, 2 de julio de 2013

A comer


    Ya emerge algún hervor en el perol y la mesa está puesta. Tres platos blancos, dos cucharas soperas más mi reliquia, con la que como desde muy pequeño, las servilletas decoradas con flores de punto de cruz, los vasos de cristal de los botes de Nocilla, una jarra de agua fresquita, el cazo de servir y los cuchillos, también uno grande para sacar un gallo jugoso y dulce en cada tajada de sandía.

     Aun así, con todo colocadito, siempre salto de la silla por algún descuido, esta vez fue el pan. Tú, mi Amor, y Javier, me acompasáis pegando el mismo brinco, pero yo me interpongo combativo en el pasillo, con el pecho fuera hasta que asintáis a mi alegre coraje de siempre servir.

     Ahora si está todo a punto, sitúo sobre el salva mantel con faz de gato la cacerola y al destaparla, hago esa señal nativa e inconfundible apetitoso vaho. Muevo, en la mesa, una vez más el potaje, con la intención de apartar los lomitos blancos de pescado, de distinguirlos entre el vaporoso caldo y así coger sólo el blando majar de garbanzos guisados.

     Sin descuidar un santiamén y sin ni siquiera ver lo que agrupo en cuchara, salta Javier –esa para ti–, no lo dice por cumplir sino porque posee mala boca. Sin prestar atención al juego de José, muy sereno y dando gracias por servir un día más un plato condimentado con todo mi corazón, te digo –Amor mío, acerca tu plato– y muy despacio, evitando salpicar, elevo la cuchara por encima del borde de la cazuela y, sin salir de su contorno, con mucho cariño la embroco en el fondo del plato. Una salsa deliciosa de bacalao, acelgas y huevo cocido, más algún que otro garbanzo y por supuesto, sin desatender en ningún momento los gratos recuerdos, suelto un hinchado y cremoso garbanzo negro. –¡Ay!, ¡uno negro!– declamas, complacida como la primera vez que, con primor, te los distinguió tu Madre. Acto seguido, José, sabiéndose rey de la casa, agudiza sus ojillos y urde artimañas para logar morder el vaporoso garbancillo. -¡Ay!-, -una gotita oscura-, dice sin perderlo pista, -como desviste su terroso color entre tanta legumbre clara-, -A qué sabe- pregunta, teniendo casi logrado el garbanzo.

     Pero bromeamos y le auguramos que quien lo come se torna perezoso y albino como una larva, y que su estómago se llena pompas de jabón, como si estuviese henchido de baba de caracol. Lástima, Pequeñín mío, que sólo lo puedan disfrutar los mayores o sea, los que no se desmayan con el vino. Enseguida se desteje su agudeza de la faz y ya, sin necesidad de cortejándonos con sus armas de humildad, continua feliz como pajarillo sólo tiene la intención de pica un poco del plato.

     Qué transparentes son los niños, aunque pisen sigilosamente intentando pasar inadvertidos, son más claros que el aire y tan livianos y cristalinos. Por sus delgados bracillos, menudos como las patas del colibrí, sólo cruzan venas con verdad, vasos francos y perfectamente dibujados. Sí, si cálidamente le asiese por las venas y se las besase con una pizca de amor, estas se coagularían bien diferenciadas, como texto sobre vedija blanca de cordero, sin peso alguno en el alma….

     … No aguantamos la risa y le explicamos que sólo es un garbanzo negro, por el cual rivalizábamos los titos cuando éramos pequeños….

YA, SIN DELANTAL, TE ABRAZO CON UN GRAN BESO

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