¡Ay!, como duele esta senil y articulada vaina de avellanas vanas. Pasó lo que tenía que suceder, por trastear tanto trabajo a la vez, tanto que ni siquiera existo en casa, casqué como una rama carcomida.
Fue así: rotaba de aquí para allá entre los alumnos, fulgurante como un carrusel de feria y, maldita sea, sentí un chasquido y quebré por la fatiga como paja de trigo seca. Ahora camino torcido, giboso como un anciano y apoyando mis manos por este hueco que engurruñó mi rostro y detuvo mi carrusel.
Tenía que ocurrir, yo no poseo la fortaleza de una hormiga que acarrea varias veces su peso. Ahora el agotamiento me duele y aún estoy fuera de casa, sin poderme tumbar. Menos mal que desde aquí, con tesón de abeja, recolecto la miel de la Colmena que se agolpa en mi corazón y me da la vida. Este tesón, este vehemente ahínco de amor no me da estrés sino éxtasis primaveral que me yergue como Lirio…, un tiovivo para ti y para mi niño.

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