Un sinfín de rico estaba el plato de salsa verde que me has servido al mediodía, y aunque creas que hasta aquí no llega y que mi paladar debe quedar mudo al estar tan lejos de tus amayuelas, he disfrutado tanto que aún estoy salivando.
El leve rumor de la cocción, sin apena hacer esfuerzo, detuvo el aire que pasaba por tu cocina. Este, más petulante que nunca, se impregnó con las pocas palabras que levantaban la tapa de la olla y, además, se colmó de la dulce ternura que siempre pones en tus platos, y que no surge como especia natural en ningún campo sino la arrancas, aun estés cansada, de la encarnada ampolla que late en el cillero de tu pecho.
El aire, más cargado que nunca, se elevó despacio como algodonosa nube y en silencio, sin llegar a llorar, se esparció. A su paso por los llanos, tu aroma de amor enajenó a los gorriones, que gorgojaban celosos, y a las chicharras que trinaban entusiasmadas hasta sacar humo de sus quitinosas alas. Incluso los árboles, exhaustos de calor, erigieron primaverales sus ramas y las agitaron en fiesta, exhibiendo sedosos melocotones y albaricoques y brillantes ciruelas y manzanas.
Ese oleaje de mi Mar en la brisa, ese éter de amor desnudo repicó sobre las ventanas cerradas de casa, las abrí y una trama entretejió vida en cada sala. Lomos blancos de merluza, con valvas y diminutas colas de gambas; una geometría perfecta aderezada al viento con un solo propósito, niquelar nuestra mesa y ensalivar mi alma. Llegué a repetir, incluso dormido, el manjar que, de forma natural, elaboraron tus manos.
Lástima de olvidar poner el postre. Por qué no te dije, cuando hablé contigo, que yo llevaría los duraznos, las brevas o las cerezas, muy fresquitos y maduros, lavados con el agua de la nevera y secados a besos para que, cuando los mordieras, desparramaran los labios de este lirio; las azules y dulces alas que quiero tatuar en tu pecho, Amada mía.
Dar, con mi boca, zumo de limón que chasque como látigo en tu corazón o ser caramelo y así, encerrado en una escafandra dulce y carcelera, sumergirme y diluirme para siempre las profundidades abisales de la Mar de tu vida.
Adularé cada golpe de oxígeno que exhala tu pulmón, sí, cada armónica vibración de tus cuerdas vocales. Lo haré como un cordero o siendo un pastizal húmedo de reciente rocío. Un niño que juega a ser el pequeño Neptuno que reina en el anchuroso piélago de mi Niña. Amaré el viento que lleva el oleaginoso aroma de tu cocina e incluso, afirmo, que tengo celos del diminuto y feo bulldog francés, por qué no sería yo, con ojos cargados de insomnio, un nómada que corretea entre tus pies; aunque me llamases feo… soy feliz.

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