Bueno, Amor mío, a ver qué halago concibo para armonizar con tus ágatas caobas, a ver qué puedo transcribir para loar esa pasión tan elegante que escinde mi pecho y desescarcha mi corazón a través de los lagrimales.
¡Oh! bellísima Amapola, podría amputarme el dedo menique para enredarlo a tu flequillo, como si fuese palillo chino, o por qué no la mano, para así, recogiendo tu preciosa y corta melena en un moño, airear tu fin cuello.
No, no me es suficiente, mejor mutilar e inclinar mis brazos como si fuesen barandas a la altura de tu sílfide cintura y así, cautivos, frescos y gozosos sentir cada día la sombra de tu cóncava y lozana silueta.
He de entregarme más que sobrado, sí, ilimitadamente, como una fórmula eucarística que, una vez consagrada al amor, se alza más alta que altar, sin confines de adoración. Cuartearé mi ánfora, la que alberga tu cándido corazón, la cuartearé de por vida en fragmentos líricos de sanguinolenta arcilla.
Extirparé mi alma hasta secar toda mi savia, lo haré por consumar mis días en seda alrededor de tu cuerpo, Amada mía. Seré un cisne de espíritu esbelto para mi Mar cristalina, un tierno cordero de toisón blanco y espeso que estará siempre a tu lado.
TE
QUIERO
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