Hazme un lado mi Amor que falta me hace. Deja que eche una cabezadita para recobrar el ánimo y así, repuesto, abordar los quehaceres de la tarde.
Lo preciso de verdad, Vida mía, no sólo para terminar la jornada sino, sobre todo, por recoger unas miajas tu almibarado cuerpo. Así, al apoyar mi cabeza en tu blanco vientre, advertiré la quietud que me reserva tu armoniosa respiración; o al reclinar mi conciencia en las palmas de tus finas manos, mitigaré un sinfín agostadas hojas que mullirán un lecho para tu tierno corazón. Lo necesito, mi Niña, aislarme dentro de tu pecho y conformar, mientras tanto, una única figura, bien definida, de indeleble e inocente amor.
Mirar directo y flotar cómplice tras tus ojos. Acelerar mis latidos y batir mi sangre con tu apasionada entrega. Calmar mis ansiedades con las etéreas caricias de tus yemas. Atemperar mi pasión con tu cálida boca, con el fuego de ambos leños que se entrelazan y se consumen, con la humedad que resbala de tus labios, con el relieve del paladar que palpo con mis yemas linguales; unas ondas guturales, unos sonidos rítmicos, son besos profundos e intensos que me encienden como llama.
Estallas ascuas en mis ojos, destellos de alegría que no son sino reflejos del amor infiltrado con la lumbre de mi preciosa Mujer. Apacible abrazo, reposo gentil sobre tu pecho y sueño, y soñamos, y sonámbulos repetimos –¡te amo!, ¡te amo!, ¡te amo!...-…
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