Ya he de marchar, he de abordar este último día para despachar la semana y así mañana, por fin, poder abrir los ojos hacia mi lato y siervo corazón; o sea, apurar un poco más mi asueto y solazarme contigo.
Un vasto bostezo, me incorporo y retraigo mis ojos de esta eónica relación, sólo durante un lapso de tiempo. Me visto rápido y de nuevo, delante del ordenador, con un café y unas tostadas con tomate, regreso al remanso de tu orilla; donde hojeo el recinto de mi pecho y, como delta de río, penetro en la Mar, que es Piélago en mi vida.
Todo dispuesto para partir hacia Badajoz, tan sólo queda una cosa por hacer, guardar a Javier con un collar de minúsculos besos. Aún sueña, le desvelo con alegres bromas y cariñosos mimos y, tras un largo adiós, marcho vacío y gris.
-Fúndeme en ti, Pequeño mío, despójate de temores y duerme entre aromas suaves de manzanas-.
-Hijo, retrocede al sueño conmigo y duerme como cauce sereno de agua, que siempre te llevo consigo-.
Asgo el volante, abro la ventanilla y ando un día más el camino. Al atravesar la sierra de San Pedro siento el relente mañanero y soslayo el limpio orto que, tras de mí, despunta sobre las sierra de la Mosca. Otra vez migro a tus brazos de espuma y, al mirar el cielo encarnado, percibo tus pelágicos ojos. Afluyo como barca, remando hacia miel de levante.
Cada día, vaya donde vaya, recorro esta senda que endulza mi alma, como si tornase de nuevo a los orígenes, transparente como aceite virgen que cala sedosamente tu piel, una malla untuosa de amor que envuelve tus caderas y curte tu pecho con un solo propósito, enloquecer tus sentidos, encadenar tu corazón y fijar tu mirada con acerados sedales en las pupilas de estos ojos que permanece vencidos de amor.

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