Cuando al fin me retiro, después de entrar y salir, de la comedia de colocar las cosas que, por sí solas, surgen en el medio de la casa, del enredo de subir y bajar las escaleras y de abrir puertas; tal como te dije antes.
Me siento en mi silla, en mi lado de la mesa y me esfuerzo en aquietar mis latidos, mi fatiga. Para ello enciendo una luz en mi cabeza, elijo un color y pulverizo una gota de aroma. Entonces surgen las imágenes, las figurillas que crean ilusiones detrás de mi frente.
Abro una hoja en blanco en el ordenador y comienzo a grabar, con el máximo rigor posible, la lámina que imagino. En este instante las figurillas se tranquilizan y te describen, Patricia, que me encanta pasear por los Barruecos, que me fascina subir a la montaña, que me vuelvo permeable al más mínimo detalle y, así, la simple espiga dorada o el diminuto brote verde me distraen como si la sencillez inundara mi cerebro.
De idéntica manera me emociono con la Luna llena, lo has visto en el vídeo anterior, o con los cortinajes de fuego que se extienden por cielo durante la puesta, o con el centelleante camino que el Sol alinea en la mar.
El abismo del firmamento, en una noche sin estrellas, me suelta la lengua. Hablo hasta el amanecer, sintiendo el agradable aroma del heno húmero, el relente que atemperar mi piel. Me acurruco, advirtiendo lo insignificantes que somos en el universo y, a la vez, lo maravilloso que podemos llegar a ser. Así, Patricia, intento dilatar mi ser hasta el infinito y aspiro, aun sea a base de verso, palpar lo inasible… el bienestar de sentirme en paz, el júbilo de pensar que me quieren y el amor al proyectar todo mi corazón en los demás….
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