domingo, 18 de agosto de 2013

Un encuentro


     Un encuentro, una pequeña pero intensa cita para derretirme sobre el cráter de tus labios. Para rasgar la niebla que nos sume en la distancia y diluirme con lentitud en ese febril borboteo que rompe por el brocal de tu boca y que nace desde la caldera de tu pecho.

     Me posaría absorto, como en el antepecho de un pozo, mirando su profunda oscuridad. Así, sobrecogido en la baranda de tus brazos, permanecería sobre el pretil de tus labios; toda una vida. Sí, para sentir el chorro de amor inagotable que me vierte tu corazón y para revertir, como cohete, mi sangrante lava de volcán inextinguible.

     Como un niño terco no querría salir de ahí. Te explicaría, Mujer, que un rato más no sería una atrocidad. Te asiría las manos, con los ojos algo acuosos y los párpados húmedos, y te pediría con evidente emotividad marchar por cualquier camino. Te rogaría hacer nuestra propia historia en una casita invisible, arrecadando nuestras cosas y amasando nuestra levadura. Fundidos en una única verdad, ciegos de amor, sin lentes que aclaren el ahumado destino, sino tan sólo disfrutar y reír como niños de los quehaceres cotidianos hasta que, inevitablemente, el corazón se disfrace de pellejo anciano. Dichosos y radiantes, Amor mío, de habernos conocidos y habernos amado locamente.

     A pesar de esta amarga distancia, al escribir con profunda sensibilidad el consuelo interior se me sana; no he de disimular felicidad y no has de marchitarte, Amapola mía, pues gracias a ti soy feliz. Así, a diario, desde ese corazón que me tiene cautivo y que con ahínco con versos cultivo, desde el jardín de tu pecho, debes tender finas hojas de jazmín al Sol y así, fragante y feliz contagiar a tus niños del perfume con el tus flores.

     Además, avezada en padecer en silencio, tanto mi amor desmedido, como las heridas que te infringe la vida, les tienes que ilustrar de que sean hormiguillas que porten su semilla o su hojilla, que trepen sonrientes a su correspondiente nido, a la guarida clara de su alma, que hablen y que pregunten lo que sea preciso para que sonriente contemplen lo transparente y grandiosa que puede llegar a ser la mente. Ayúdales, Vida mía, a que no se les emboten los ojos ni se les acorche la razón. A que aprendan de la taumaturgia del Amor, pues ahí, en el corazón, aun se disfrace de anciano, se halla la felicidad.

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