¡Toc, toc!, ves, Vida mía, así eres siempre. Todos los trabajos, absolutamente todos, te los tomas tan en serio, incluso durante las vacaciones.
Seguro que ahora, mientras descansas merecidamente sobre una hamaca en la playa, en tanto tu cuerpo se atempera con la brisa marina del Atlántico y entre tanto te relajas y te ensimismas con la lectura de un buen libro; y además, sabiendo que en tus venas está diluida la mascara africana, que tu espíritu posee más arrojo que el propio Kirukú y que tus encantos son más poderosos que los aojos de la hechicera Karabá; seguro que te estás bronceando la piel más que la de los mismísimos africanos. Por favor, mi Amor, ten muchísimo cuidado con estas sofocantes temperaturas, no porque tengas que renovar el carnet por lo morena que estés, sino porque tus niños van a dudar de tu origen, o porque puede surgir algún contratiempo en tu dulcísima piel.
Aniquila el fuego estival con las olas de nuestra mensajera mar, con refrescos muy helados y con exóticas ensaladillas, que ya haremos aquí algún día, y disfruta, Vida mía, todo lo que puedas. Sabes que después, siempre que te incorporas al trabajo, descascarillas todas tus paredes internas para dar a los demás tu mismísima alma.
Incluso auguro un atisbo de fuego en tus entrañas y sé, aunque estés lejos, que la abrasante comarca de Alentejo te aviva la curiosidad e inagotable, como siempre y en estas fechas de asueto, prendes tus más intimas mechas con capricho. Esas extravagancias no son para adornar la casas (aunque te confundas y supongas con seriedad que sí), sino son para enseñar a tus niños las costumbres de esos parajes, para extender sus ojillos, a través de tus lindísimos luceros, a ese imperio que vomitó barcos por todo el océano Atlántico para comerciar sus productos, a esos vecinos que muestran, tanto en sus lomos, al reclinarse sobre el campo, como sobre sus hombros, humildes hombres de piel seca y curtida por la tierra, igual que las nudosa manos de un campesino extremeños.
En fin, entre medio de tu ocio, pesquisas intrépida las tiendas, los mercados, las costumbres, los campos y aliada, con bronce de Sol en la piel, cobijas en tu pecho los senderos de Tarifa, de sus playas de canela, las incursiones más allá de nuestro río Guadalquivir, a ese país tan viejo como España y que lo siento como Nuestro.

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