No soy capaz de sostener la palma de la mano, se me desploma emancipada, voraz o carnívora, como un depredador, sobre las letras del teclado y, sin pizca de desaliento, desparrama un sinfín de inmarchitables sentimientos.
Mi Vida, no se me frena este fraguar de Cupido, todas las flechas me surgen con releje muy fino, más incisionantes que un bisturí, para penetrar tu fina y salina piel sin dolor y gravar recuerdos eternos en lo más hondo de tu corazón.
Incontables hojas de querencia declinan mis ramas con predilección. Así me siento, un árbol exuberante e inmenso que intenta cubrir de apacible brisa hasta la médula tus huesos. Tan enraizada estás en mí que mi busto se quebranta como corteza creciendo inmenso. Un cíclope que sólo absorber tu savia y la transcribe en tiernas yemas, en sentimentales brácteas y en dulces frutos; por cada poro de tu cuerpo, en cada glóbulo rojo de tu cálida linfa.
Cúmulo descomunal y algodonoso que se tinta corintio cuando, sabiéndote despierta, Alba mía, no puede trascribir tus debidas palabras de amor o, Sibila mía, ya bien entrada la noche y divagando entre sueños, me perfilo tenue y níveo entre inmensos trazos sombríos sí, agostado de tanto quehacer, no concibo locución idónea para que sueñe mi Niña.
En la noche penetro en una verbena de las carantoñas y de día me ciego con los haces que surgen de tus sonrientes mirtos. Así, burlo esta distancia y vadeo cualquier pantano, pues todo, gracias a ti, está tupido de nenúfares que, como llamas sobre el agua, aspergen los gozosos besos que me has dado.
Sueño contigo, todo lo que hemos vivido, y lo trasplanto en fuego que hiela mi pecho para que así permanezca fiel; para que así nada se olvide y sepa cuanto te mereces; para que así, de forma tan simple, consiga quererte aún más, con ardor que desmaya, con amor que de felicidad llega a abrasar y a hacer cenizas el corazón de mi Amada.

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