viernes, 16 de agosto de 2013

Amor en la playa



     Qué puedo hacer para estrenar este diminuto asueto. Como tan sólo tengo cuatro días, dime, mi Niña, una idea para sacar, desde primera hora, el máximo jugo a las vacaciones. Sé que no es tarea fácil pues, con el calor que hace, se esfuman las ganas de salir a la calle, por no decir que al mediodía es imposible pisarla. Tendré que aprovechar las fantasmagóricas horas de la noche o las del perezoso amanecer, o sea, ese los lapsos de tiempo fresco en el que el Sol pacta una tregua…. Como te dije en el correo anterior, antes de dormir veranearé de estrella en estrella o caminaré por algún valle inexplorado de Luna creciente, y a primerísima hora de la mañana, sorbiendo el frescor del alba, quizás camine o pedalee hacia el sonrojado amanecer.

     Durante las horas tórridas, la mejor opción es extenderme fibrosamente, con el sonido de las teclas, por las regiones íntimas de tu edénico cuerpo. Por todas esas vírgenes demarcaciones que se perfilan en tu bellísima faz, que alabean tu cintura, que realzan con sutileza tu busto y que contornean tus brillantísimas piernas; hermosuras que me instan a recorrer todos tus íntimos secretos y que me llevan persuadir con locura tu tierno corazón.

     Para mí, Amor mío, hoy comienza el verano. Así es, hoy es un día radiante, más que cálido, canicular diría, el propio para disfrutar juntos de un baño de Sol. Para que vaguemos por las interminables playas o por los arrecifes, buscando recuerdos nacarados para los muebles de casa o eligiendo curiosas conchas para obrar con ilusión alguna bisutería para Eva y, por supuesto, para broncearnos tumbados sobre los espejismos de la ardiente arena…. También es un día ideal para ocultarnos entre los meandros de los acantilados, donde nadie nos vea, e indagar los sedosos llanos de tu cuerpo libando las perlas de amor que te emergen al estremecerte con las caricias.

     No inauguro el verano aquí, en Maohon, sino allá, junto a ti, en una playa paradisíaca, en ese confín por el cual camina la Mujer que amo.

     Durante estos días, Vida mía, sólo quiero la quietud de estar a tu lado, de asir tu mano, de recrearme con tus caricias,… sólo pido que me dejes atenderte. Nada más ansío, tan sólo eso, disfrutar contigo del ocio, y por supuesto no quiero ni un simple rumor de actividad laboral, si acaso las meras reminiscencias aromáticas de nuestro pan recién horneado, de nuestros particulares caprichos culinarios; aunque si nos lo hace en un restaurante digno de mi Reina, más que mejor….

     Usando estos párrafos, Amor mío, lo debo quedar todo encandilado y limpio, todo muy brillante, con una claridad cegadora, de ensueño. Así, el suelo que pises ahí, debe quedar como el de las playas de la mar, empapadas de espejos plateados y salinos, láminas de cristal que lisonjeen tus pies, que laman la piel de mi preciosa Amada.

     Me desviviré con la carta, para que sea fresca y persuada hasta la exasperación, para estimular todos tus poros y abrirlos sobre tu piel, como flores que son, para que ruborizados se desangren como alba fogosa; temblando con la ígnea e intensa pasión de mis caricias, enajenando tu razón.

     Quiero que estos vocablos sean menudos e insignificantes, como un fino liquen, un escrito filamentoso y sedoso que marchará flemático por tu pétreo cuerpo, sorbiendo cada glándula, socavando finas grietas en tu dermis, con suaves y profundos besos y saciando, gota a gota, esta sangre mía que fluye, gracias a los latidos que induces en mi corazón.

     Estoy tan lleno de las lluvias de tus vidrios, de tus jaspeados e inverosímiles cuarzos, de las profundas esmeraldas que lucen tras tus ojos. Desesperado adicto, desahuciado de las ordinarias curas, sólo la exótica, la preciada y la estimulante textura de tu alberchiga piel restablece mi naturaleza humana; tremenda perturbación o insoportable delirium, es el que me suscita el no poseer a diario la dulce saliva de tu boca…. Sosegado o histérico, no lo sé, tan brutal es tu estampido de cariño, tan inconcebible e intensa detonación de belleza. Amada mía no sé si me desnudas sincero o loco en voz y en pluma.

     Cómo envido, Vida mía, el musgo húmedo, frío y aterciopelado, o la pulpa gelatinosa de las hojas del aloe vera, o la fina película de agua marina que allana la sedienta playa o el aceite solar que lustra la gema en bruto de tan diamantino cuerpo. Anhelo ser la cereza ardiente, corintia, casi negra, que se desangre sobre tus labios, cuarteándolos con amor; como cuando el hielo se resquebraja al sumergirse en el cálido caldo que cultivan versos de locura. Aspiro ser alcohol destilado, de la más dulce uva, para que beso tras beso chispe tu boca hasta alcanzar algodonoso cielo.

     Lamer juguetona lengua hasta quedarla pobre de tanto succionarla. Lamer sin prejuicio de edad hasta sacar todo el mercado de esmeraldas que aflora por tus glándulas gustativas. Lamer la dulce y rosada piel de tu boca, lamer tus dientes,… mis caramelos de azúcar. Lamer hasta fundirme entre labios, hasta que tu inagotable y almibarada saliva palie la sed de mi insaciable alma.

      Cómo podría ser tu arena de playa, socavarme el pecho hasta que emane de mi sedienta entraña el sudor turbio de aromáticas sales y tibio de amor, para asir libidinoso tus labradas y bruñidas piernas y, entre imperceptibles caricias y suaves ósculos, enterrarlas entre mis brazos, entre mis labios.

     Ya de noche, tras la puesta, cuando mi amada Estrella se incline bajo el cénit, y antes de que emerjan más perlas de sudor sobre sendos cuerpos, deslizar mis yemas por tu blanca piel hasta retirar la cinta del bañador. Acariciaré el magnífico cerrillo de sus hombros, posaré mis labios en las ramitas de tus clavículas, besaré la Luna en el realce de tus brazos y, juguetón, serpentearé con mi lengua por la cisura de tu tierna axila, hasta que el hormigueo asperja rocío por todos sus poros.

     Amor, mientras buscas, de nuevo, mis labios y a la vez que trasluces tus ojos entregándome tu alma de mujer, mis yemas caminarán con extrema delicadeza por la delgada senda que escinde tu pecho; desean alcanzar el empíreo de tus maravillosos senos. Humilde y sincero, diáfano en sentimientos, tanto que a tu lado sólo ansío ser tibia brisa o sedoso velo que vende tu piel desnuda; solicito permiso, absorbiendo profusamente la saliva de tu boca, fundiendo nuestros labios con profundos besos, para apretar con lenidad la acaramelada areola de tus senos. Permíteme, Amor mío, que recoja en mi boca la tostada e inagotable miel de tus lindos pezones… 

     Con los vidrios rotos por la luz opalina de la Luna creciente, me pongo de rodillas sin apartar la mirada de tu albo busto. Un azucarado dedo retengo en mi boca mientras arqueas la espalda para que retire el bañador, empapado inevitablemente en exquisito sudor. El ensortijado vello que acolcha tu monte de Venus es llama que advierte toda mi atención, a la vez que, como siempre, ruborizada giras y alzas las piernas, ocultando tan desnudo deseo.

     Retiro del todo la hábil prenda que cubre cada poro de piel. Yaces radiante, serena, harina empapada, fina, blanca y densa sobre la canela arena de la playa. Con los pies acariciando mis mejillas, sorbo los huesecillos de tu menique, del anular… y del gordo caramelo que mi boca es incapaz de deshacer. Masajeo tu planta con mis yemas y mis labios; camina, Princesa mía, sobre la alfombra roja que siempre tiende mi lengua, para que te sientas gaviota, flotando sobre mi boca.

     Un héroe que cae rendido a lo largo de tu brillante tobillo, escucho tus latidos, tus resuellos y quizás una frase entrecortada, “te deseo amor”. Tiemblo como el agua embalsada donde riela la luz del deseo, incontenible es mi voluntad, se desparrama por completo por tus suaves piernas. Dudo si estoy despierto o si es un sueño, y si acaso es, mi Amor, mátame aquí, postrado ante tus píes, no me dejes despertar que así deseo existir, eterno ante la cálida nieve de tu desnudo cuerpo.

       Retiro tus piernas y como víbora ardiente, asiendo con fuerza tu mano, muerdo tu ingle y enveneno tu cuerpo con un vasto beso en tu sexo. No lo aguantas, intentas disimular, pero por indescriptible sensación que no es ni dolor ni júbilo te estremeces de amor. Al rozarte una y otra vez con mi lengua, con la alfombra roja de la más pura pasión, se escarpia el vello de tu piel, se humedece, aún más tu piel. Que agua tan dulce cae por los labios de tus íntimas orillas, que eléctrico tacto convulsiona y erige mi miembro.

      Has robado mi corazón y a cambio, mi Vida, me adueño del tuyo. Me sitúo sobre la mujer que me ha conquistado, entre sus piernas, sin dejar caer el peso de mi cuerpo. Mientras devoras mis labios, ansias mi lengua al penetrar lentamente tu sexo….

     Oyes el eco de mi corazón que late sin extenuación toda la noche, late con vigor haciendo el Amor. Más es débil y sincero lirio que se funde haciendo el Amor con la Amapola de ensueño.

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