Sé que es demasiado temprano, que una horita más de sueño me serviría de buena terapia. Mas ya me retiré del sosiego de las sábanas, abrí todas las ventanas, para que el salón se impregne del frescor matinal y del aroma de la mies estival, y disfruté del oportuno café con miel, en la terraza, antes de partir,… deleitándome, junto a los huéspedes que agasajan mi pecho, con el cielo estrellado.
Para que Juan no se desvelara, ni siquiera encendí la lámpara de la mesilla, a tientas me puse un bañador y rehusé el buscar las chanclas. Al ir al servicio, me distrajo inhumanamente una caja de herramientas que se ocultaba en la oscuridad del pasillo, pensé -y si, cuando se levante y yo esté en Badajoz, tropieza y se hace una rozadura, no le podré asistir entre mis brazos…-. Que gélida angustia me asaltó, ese incidente, sin llegar a suceder, palideció mi piel al instante y forzó en mis ojos un leve ademán de llanto, despertando mi razón y despejando repentinamente todo resquicio de noctámbulo sueño que aún revoloteaba tras mi sien.
Quiero que la mañana transcurra a velocidad de vértigo para reclinar todo mi afecto sobre él. Aguardo ansioso a que llegue la tarde para sorber su dócil mirada, sus gestos, sus sinceras preguntas…, asgo su candorosa forma de ser y, así, quizás algo egoísta, dilato más espacio de primorosas visiones e ilusiones entre la infinidad de visillos pálidos que tremolan y colmatan mi memoria. Este huésped mío, anfitrión que me trajo el destino, lo copa todo, es como el amanecer de la Tierra, que en “na” que despunta el día, despliega sus poderoso manto colmatando el cielo de rebosante luz; sí, en “na” que entreabro mis ojos, como si descorriese unas cortinas, me penetra su clima de intenso amor y, aun dormido, me desvela hinchiéndome con su humilde dicha, estimulándome, como embrión, con su sabia vital que me protege y me erige recio durante toda la jornada.
Ayer nos acostamos leyendo el libro de “Guía del firmamento”, el que te presté. Creo que, con la ayuda de esa sugestión, con la hipnótica inmensidad que es la bóveda celeste, he conseguido retirar las sombras que le invaden noche tras noche y ahora, como murciélago, desea a todas horas volar entre las estrellas y curiosear con timidez, desde la baranda de nuestra terraza, el amplio espacio que nos rodea.
AHORA TÚ, AMADA MÍA.
En otro lindísimo lado, paciente ante el vasto y hermoso Imperio que conquista mi pecho, recobro la consciencia y salgo, como Fauno, del fértil bosque donde agarra mi lindísima Flor a invadir, como viento disperso y fragante, todos los aposentos de mi casa. Trepido alegre como halo de luz en esta noche de estío, aluzando, en cada rincón de nuestra casa o por cada lugar que recorro del cielo, la impecable imagen que llevo consigo, como espejo mágico que rememora su esplendorosa belleza dentro de mi pecho.
Inmarcesible es esta querencia nuestra que, por sí sola, nos destierra como esqueje en un prado de hierba dulce. En cualquier parte, o en cualquier paraje o, simplemente, en el más minúsculo pasaje de un libro, advierto el rumor de tu sedoso aliento, arrullo que abraza mi cuerpo como viento céfiro.
De día, Amor mío, eres sombra innata que mora en mí, pies inherentes que caminan a la par, desde que me despabilo hasta que caigo rendido; y dormido penetras fina, como brisa sedosa y envolvente o como haz de luz cálida, haciendo consciente mi somnoliento retiro, grabando vidrieras emplomadas en todos los incoherentes velos que conturban mi quietud.
Así, mi dulce Niña, mi eterna Vida, mi gran Amor,… , sueño sobre jergón de aire cuando abordo los habituales quehaceres o inagotable viajo por la inmensa morada que desnudas en mis adentros, más allá de mi mismo, con el afán de alcanzar en nuestro piélago el más lejano de los horizontes, cuando me oculto en la dulce sombra de nuestros inevitables eclipses.

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