sábado, 3 de agosto de 2013

No solloces en mi ausencia


     Qué puedo escribir hoy. Nunca me es fácil emprender la ideografía que tú, mi Mar dócil, reviertes hacia mi pecho. Cómo he de zarandear todos estos tesoros, siempre tuyos, que tildan mi juicio y cuáles son los que he de escoger para que, sin empapar tus ojos, emperejilen tu corazón de lindos y tiernos besos.


     Mantendré nailon acerado entre nuestras bocas, puro y cristalino hilo de saliva que funda ambos labios en una sola ola de pasión, para que choquen y se entremezclen, aun en la distancia, con virulento amor.

     Aunque vaguemos en silencio, faltarán las sombras en lo más hondo de nuestros cuerpos, pues todos los recuerdos brillarán a la vez, incluso las exiguas reminiscencias serán intensas como estrellas. El estrechar infinidad de veces las manos, como esa primera vez en la portería del colegio o cuando adornábamos los árboles al lado del salón de acto; el juntar en un sinfín de ocasiones las mejillas, el acariciar los dedos de tus pies en aquel acto fin de curso, el disfrutar de la loca “bachata”, el cómo picar las cebollas con gafas de buzo o la inquietud que te causan los padres enojados… 

     Quién puede comprender este runrún que reverbera perenne dentro de nuestros cuerpos, este inagotable amor que nos une en estrecho deudo, río de lava consanguínea que fluye subterráneo entre ambos corazones.

     Aunque la distancia saquee con despecho el pecho, no hay soledad amarga en mi vida; todo lo contrario, hay reino de dicha. Este exilio que empoza amargo a dos enamorados clava emociones bajo la piel, puñales que sesgan los latidos hasta tal punto que no resisto el silencio y, furioso, reviento por los dedos todo cuanto te amo. No me declaro en silencio, ni hablo al abismo sino, sabiendo cuanto me das, sé que sólo tú lo leerás y aun, más me amarás. Mas te pido que no solloces en mi ausencia con estas palabras, que no malgastes la Luna que emerge del vórtice azabache de tus ojos, que esos satélites enigmáticos y extraviados que ahítan tu abismo sólo los extraigas a mi torno, cuando estemos juntos.

     Sólo entonces, mi Gran Amor, cuando esté sumergido en el fuego de tus abrazos, debes sacar esas misteriosas lágrimas de ave Fénix que me devuelven la vida. Sólo entonces, cuando el tacto de tus labios haga inútiles mis palabras, me quedaré sin sentido,…

seré tu lerdo amante 
incapaz de hallar rima 
que emule esa lágrima 
que emerge brillante, 
de la admirable sima
que aposenta diamante

Usufructúas mi vida 
bregando unos besos. 
Tus labios, tu saliva, 
es irresistible deseo 
que acometo dócil, 
modesto y servil,
con celoso lisonjeo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario