miércoles, 9 de enero de 2013

Yacer en tu luz



     ¿Yacer en lo oscuro, con los parpados abatidos y caídos hacia el terrible fin de nuestro particular mundo, con las manos sumergidas en lo insomne y semiatadas en ese espacio abisal sin la más mínima brisa de cielo? ¿Qué puedo hacer? Maquinar una obra enorme, descubrir el techo añil que surge del péndulo de ambos corazones, desgranar los abalorios de todas las coronas, recolectarlos sólo para ti y dejar resplandeciente y áurica la diadema que merece mi endiosada Reina; de bronce resplandeciente para la ungida, sacra y fina sien, para mi Bellísima Niña.

     Ayer rocé ambas mejillas y nuevamente sentía crujir el hielo de la cima, desde donde surge el alba de mi pecho, mana suavemente y trasluce en espejo taumatúrgico la faz y las manos que me llevan al mágico y apacible Mar de mi vida. El chasquido salía de ti, chispas de amor sedoso que como ondas tremolantes estremecen todo mi cuerpo. Lívida quedaba mi piel en comparación al rosado matiz que tomaban mis pómulos.

     La sangre a borbotones se agolpaba y saltaba, como pez en estanque, entre los capilares de mi mejilla. Sentía tu electrizante cosquilleo, el destello cegador y sólido que derrite mi génesis dormida. Sólo tú, Amor mío, tu piel, el cuerpo bajo tu blusa, el firmamento de tus ojos e incluso el fulgor al que saben tus besos; sólo tú, AMOR MÍO, sólo tú brillas así.

     Remolinos de cascabeles colman mi espacio y quedo o vivo atónito con este nacer matinal. Ya no hay ocaso en mi Tierra y el cielo que a su antojo era añil, plomizo o fantasmagórico. Ahora, la fisura tras tu dulce boca, lo revela lucido, nido de mis latidos, cántico para mis oídos o lluvia de lágrimas que mana sin cesar. Comprendes la vasta herida que ocasionas a mi corazón, tú, mi bello ramo de Amapolas, habitas y duermes en él, volando como golondrina y dispersando en arcoíris la luz que cubre mi toda mi vida.

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