¿Yacer en lo oscuro, con los
parpados abatidos y caídos hacia el terrible fin de nuestro particular mundo,
con las manos sumergidas en lo insomne y semiatadas en ese espacio abisal sin
la más mínima brisa de cielo? ¿Qué puedo hacer? Maquinar una obra enorme,
descubrir el techo añil que surge del péndulo de ambos corazones, desgranar los
abalorios de todas las coronas, recolectarlos sólo para ti y dejar resplandeciente
y áurica la diadema que merece mi endiosada Reina; de bronce resplandeciente
para la ungida, sacra y fina sien, para mi Bellísima Niña.
Ayer rocé ambas mejillas y
nuevamente sentía crujir el hielo de la cima, desde donde surge el alba de mi
pecho, mana suavemente y trasluce en espejo taumatúrgico la faz y las manos que me
llevan al mágico y apacible Mar de mi vida. El chasquido salía de ti, chispas
de amor sedoso que como ondas tremolantes estremecen todo mi cuerpo. Lívida
quedaba mi piel en comparación al rosado matiz que tomaban mis pómulos.
La sangre a borbotones se
agolpaba y saltaba, como pez en estanque, entre los capilares de mi mejilla.
Sentía tu electrizante cosquilleo, el destello cegador y sólido que derrite mi
génesis dormida. Sólo tú, Amor mío, tu piel, el cuerpo bajo tu blusa, el
firmamento de tus ojos e incluso el fulgor al que saben tus besos; sólo tú,
AMOR MÍO, sólo tú brillas así.
Remolinos de cascabeles colman mi espacio y quedo o vivo atónito con
este nacer matinal. Ya no hay ocaso en mi Tierra y el cielo que a su antojo era
añil, plomizo o fantasmagórico. Ahora, la fisura tras tu dulce boca, lo revela
lucido, nido de mis latidos, cántico para mis oídos o lluvia de lágrimas que
mana sin cesar. Comprendes la vasta herida que ocasionas a mi corazón, tú, mi
bello ramo de Amapolas, habitas y duermes en él, volando como golondrina y
dispersando en arcoíris la luz que cubre mi toda mi vida.
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