miércoles, 9 de enero de 2013

Muñeca de Trapo



     Sé cuando en mí empezó a crecer, cuando derramó su vida frente a mis ojos y así, diseminando su magnífica belleza, mi mundo comenzó a florecer. Sé, con certeza, cuando impregnó mi piel con sus sueños, cuando me arrimó su tierna sonrisa y, con la promesa de sus labios, cuando selló su hado con mi albedrío. 

     Sólo en ella quiero entretejer mis recuerdos, ansioso pretendo transgredir en sus ojos mi corazón desbocado. Mas ella, depositada ahí en su baúl, deshilacha su cuerpo, su sesgado pecho y su alma, su corazón sin suficientes átomos de aire late con ahogo; oprimiré tu caja torácica con minuciosos versos para que nunca cese tu latido.

     Si desde aquí tengo que mover dunas así lo haré, exhalando hasta el último hálito de mis sentimientos, poblaré tu mente con un sinfín de oasis, requiebros que conformen en tu desierto mil y una noches de ensueño. Tenderé un viaducto que vincule nuestras sonrisas, que junte los colores de las pupilas y que diluya el aroma de nuestra piel; no habrá signos de abismos ni siquiera en la lágrima más pequeña. 

     La dulce y cálida linfa de tu cuerpo despereza e hincha mi seco odre. Como planeta único repleto de maravillosa vida encarnas locura sobre mis huesos. Seré cometa orbitando siempre alrededor de tu espíritu, extenderé mi estela para que se abrace perenne a tu mundo, hasta desmenuzarme en reluciente anillo. 

     Amarrada a mi pecho convulsionaré tu corazón, hurtando hasta el último aliento de mis células para nutrir de gozo tu tersa piel, tu sensual sonrisa y ancestral penetraré en tu alma, para sembrar a diario infinitas flores de hermosos colores. 

     Aquí estoy, con los ojos cerrados, recorriendo libre el mágico laberinto de tu mente, sin leyes ni señales que coagulen mi fluir. Sí, con gesto cálido, bogando y disfrutando de tu pulida entraña, sin pasos de cebra ni semáforos, sino con amplias dehesas, níveos oteros e infinitos piélagos. 

     Aquí reverberando, sin agudizar el oído, el mágico sonido que me impele tu corazón. Un susurro de hojas aciculadas, el bramar de abrazos oceánicos y la orquesta de millares piares. Me estimulas con tanta felicidad que el llanto abisal que nace en mis ojos, cae adherido por mis huesos y hace trepidar mi carne con escalofrío de puro Amor. Tu lo suscitas Mujer mía.

     Y en sueños, aureola que fecunda mis noches, luz apacible y familiar que desvanece mis sobras. La turbidez de la pesadilla se difuminó por siempre. Ahora, a todas horas, abarloa en mí fragancia, entrañable calor, perfilado contorno, celestial voz y delicada caricia de Mujer sublime.

     Suspiro sin respirar, sollozo sin derramar lágrima y hablo incesantemente con mis yemas sin llegar a articular palabra por mi boca. Necesito que me envuelvan en las cortinas de tus sentimientos, sumergir mi faz en tu corta melena e inhalar, mi Niña, cada atisbo de sentimiento que emerja de tus neuronas.

     Me aferro ante la vitrina de esta pantalla bordando palabras para hacerte feliz. Ya no sé si los relojes miden el tiempo, pues el péndulo de mis días son las palabras que siembro en tu vida; tantos abalorios compartimos que las raíces que enmarañan nuestras almas son irrompibles, inverosímiles y maravillosas.

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