jueves, 17 de enero de 2013

Gracias a mi oficio natal puse el cristal


     Gracias a mi oficio natal puse el cristal, ajusté rendijas, moví cerraduras y por debajo del coche casi de noche situé una ventana para mirar hacia fuera y no pasar frío.
    Mis trajines congénitos y el afán que desde niño tiró de mí, vistieron mi vida o quizás, como relámpago que cae en la noche, entró por los laberintos de mi sien, iluminando este humilde templo, y quemó todo vestigio de castillos, de chozos, de animales y en sí, de osadas aventuras.
     Antes, en cada rincón que pisaba, era niño que soñaba con caballos alados, … sin saber que supone ser poeta era una miaja poeta o acaso, jugando era más juglar que ahora. En el dormitorio, en la torre que representaba el mueble del salón, en la formidable ciudad que vislumbraba en el suelo del salón o en cualquier lugar…, sin rellenar hoja alguna, ahitaba de sueños mi insaciable pecho bisoño.
     Pero poco a poco la mar se fue quedando sin cíclopes, los bultos sombríos de la noche se mudaron al hado del día y los muebles de casa dejaron de refugiar a los soldaditos de plomos. Incluso el arrogante alcohol entró en la noche y resbalando por la superficie de las neuronas, produjo insomnio y marchitó absurdamente al niño.
     Mas ahora, con el corazón cautivo por vertiginosos sentimientos, percibo la existencia del ambicioso niño, que aún más exaltado entra en el fragor de tu inmenso Océano. Intrépido, cada noche separo las sábanas y navego valiente y afortunado a zambullirme en tu sueño.
     Grito, como todas las noches, tras las paredes de este cuerpo y mi latido de niño, mis sueños, en vigilia y ebrio de cariño se propagan tras los muros para anegar de amor los pretiles de tu infinito pecho. Mi niña, mi Bailarina de plomo, vuelo a tu lado con caballo alado y con las brasas de insaciables besos me fundo Contigo en un único e inmarcesible Corazón.

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