Gracias a mi oficio natal
puse el cristal, ajusté rendijas, moví cerraduras y por debajo del coche casi
de noche situé una ventana para mirar hacia fuera y no pasar frío.
Mis trajines congénitos y
el afán que desde niño tiró de mí, vistieron mi vida o quizás, como relámpago
que cae en la noche, entró por los laberintos de mi sien, iluminando este
humilde templo, y quemó todo vestigio de castillos, de chozos, de animales y en
sí, de osadas aventuras.
Antes, en cada rincón que
pisaba, era niño que soñaba con caballos alados, … sin saber que supone ser
poeta era una miaja poeta o acaso, jugando era más juglar que ahora. En el
dormitorio, en la torre que representaba el mueble del salón, en la formidable
ciudad que vislumbraba en el suelo del salón o en cualquier lugar…, sin
rellenar hoja alguna, ahitaba de sueños mi insaciable pecho bisoño.
Pero poco a poco la mar se
fue quedando sin cíclopes, los bultos sombríos de la noche se mudaron al hado
del día y los muebles de casa dejaron de refugiar a los soldaditos de plomos.
Incluso el arrogante alcohol entró en la noche y resbalando por la superficie
de las neuronas, produjo insomnio y marchitó absurdamente al niño.
Mas ahora, con el corazón
cautivo por vertiginosos sentimientos, percibo la existencia del ambicioso niño,
que aún más exaltado entra en el fragor de tu inmenso Océano. Intrépido, cada
noche separo las sábanas y navego valiente y afortunado a zambullirme en tu
sueño.
Grito, como todas las noches, tras las paredes de este cuerpo y mi
latido de niño, mis sueños, en vigilia y ebrio de cariño se propagan tras los
muros para anegar de amor los pretiles de tu infinito pecho. Mi niña, mi Bailarina
de plomo, vuelo a tu lado con caballo alado y con las brasas de insaciables
besos me fundo Contigo en un único e inmarcesible Corazón.

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