La
próxima noche, que te acuestes en la habitación que da a la terraza, yo voy a
despertar como una losa. Así ha de ser, la escarcha del alba echará raíces,
aposentará mis párpados, mis fosas nasales, sesgará mis labios, como un muerdo
de cristales rotos, e incluso cuarteará mi pleura como cuero de odre seco.
Cuando me levante para ir al servicio, también cruzaré la terraza aunque no
esté en mi camino y así el frío níveo aterciopelará mi piel y además, Vida mía,
iré descalzo para amoratar mis pies hasta que llegue el amanecer.
En
sueños te mantengo entre los tremolantes palios de luz y a diario en invierno,
como pájaro en busca de su alimento, vuelo a la puerta de tu trabajo. Si tú,
Amor mío, duermes en navidad como seroja otoñal que se enfría y se consume
húmeda bajo la colcha del suelo, yo, Princesa mía, voluntarioso y enamorado,
seré zapato cristalino que se escarche al vestir tus pies y se funda besándolos
en silencio, abrazándolos como hielo diamantino.
Cada
frase tuya es ascua de carbón que dentro de mi sien se libera en silencio,
abatiendo sombras e iluminando cada rincón de mi oscuro pecho. Queda aquí, sí,
en mí, tu cuerpo estanque, la salada fuente de mi Vida, tu indeleble huella
dactilar sobre mi marmoleo hielo. Abnegado mi corazón, se doblega con cada chasquido
que llega por viento, cuchillos afilados de labios rosados y carnosos, se blanden
enérgicamente por tu gutural campanilla. Una puñalada de Cupido, de vidriosos y
maquillados ojos castaños que fulguran intensamente sobre rostro de Sol. ¡Oh!
Me pierdo en la maleza del correo, en el bramar del teléfono o en la paz de
asir tu mano; un itinerario muy claro, herido al sentir tu flecha me abandono
apresurado al laberinto de tu Vida. Bien lo sabes mi Niña, que tan enamorado
estoy de ti que ya no tengo otra salida.
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