miércoles, 30 de enero de 2013

El fuego

     ¡El fuego!, ¡cómo me atraen las llamas y las brasas!, frotar las manos junto a la lumbre, apenas pisar las candentes ascuas y, repantigado y cambiando una y otra vez el cruce de piernas, ser testigos del ardor sobre las canillas. Qué hay tras esas flameantes lenguas, no puede ser simple plasma, no es sólo calor sino bienestar que redime, impregna y cala la piel, que se infiltra por los ojos y accede hasta el pecho, ¿lo sientes?, ¡lo notas!. 
     Perecer, Amor mío a tu lado, cautivo de la intensidad de mi Mujer. Sincerarme, descubrir mi pecho, tan sólo mostrar el tejido de mi rendida piel, subyugado al calor de tus brazos, al hilo de tus besos…, ardiendo me consumo ante la sincera belleza que tu alma irradia. 
     No, mi Amor, no me quiero vestir, he de sentirme desnudo frente al ardor de tus encantos. Mi cabello, mi piel, mi faz deben reflejar tu enérgico fervor. Día tras día he de esperar a que mi Niña, mi Vida, su ígnea dicha vaporice sin ahogo mi saliva y mis lágrimas. 
     Sí, Amada mía, Mujer, así como antracita pura continuaré de por vida rendido a tu Amor. Seré estable e inagotable brasa, quemándome y quemándome para ti, intensa llama de color similar pétalo de lirio: un dardo amarillo que delata la temperatura que tú impeles y un penacho azulado que evidencia que por ti me consumo puro, si veneno que ennegrezca el alma. 
     Sólo para ti, mi Amapola, sólo para tu corazón, crepitar en prosa o estrofa, que resuene como ruiseñor o como caña dorada a son del viento. Nada ni nadie te amará con tanta intensidad, consumiré tu vida con inédita pasión, vencido estoy por ti y por ello radiante me rindo a estar siempre a tu lado.

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